Ragnarok (2017) una comedia superheroica de Marvel

Antes de la proyección de ‘Thor: Ragnarok’ comenté a un compañero que, pese a las buenas críticas generales, comenzaban a percibirse algunas tímidas voces discordantes (todo esto antiguamente de la aparición de las primeras críticas oficiales, claro) que afirmaban que el conjunto no era para tanto. Eso es el humor“, me dijo. “Al fan puro todo esto del humor le pone de los ansiedad“.

Durante los créditos iniciales, no pude evitar acordarme de cómo, en propósito, dos de mis películas favoritas Marvel iban proporcionadamente cargadas de humor y habían sido recibidas con ciertas reticencias. Por una parte, la mayúscula ‘Iron Man 3’, toda una deliciosa deconstrucción de la mitología de Tony Stark. Por otra, la poco más apreciada por los fans (porque es un héroe último y porque su humor es menos corrosivo) ‘Ant-Man’. Tragué saliva.

Habrá a quien le parezca proporcionadamente (servidor) o mal (esa familia indescriptible que asegura que las historias de adolescentes con picaduras de arañas radioactivas hay que tratarlas con toda pesantez), pero ‘Thor: Ragnarok’ es una comedia.

Pese a sus inevitables momentos de épica marca de la casa, ‘Thor: Ragnarok’ utiliza todas las armas a su disposición (de la parodia de los tópicos superheroicos a la plasmación textual de lo que funciona en los cómics) para dotar de trivialidad a su aventura. Y por el camino no se olvida de funcionar todavía como película superheroica al uso, lo que le da entidad en el Universo Marvel y, a la vez, fastidia alguno de sus logros.

En ‘Guardianes de la Galaxia’, que son space-operas con humor, pero esencialmente no dejan de ser space-operas (cuando decides que el bellaco es un planeta viviente, no hay marcha antes), la química entre los personajes (que no necesariamente son paródicos) es lo que genera chistes. Los contrastes entre físicos y personalidades dispares es fuente de humor, pero no hay más que ver los arcos narrativos de cada uno de ellos, sus trasfondos dramáticos, para ver que, esencialmente, están tratados como personajes serios.

Eso no sucede en ‘Thor: Ragnarok’. De forma no tan obvia como en los dos tronchantes cortos de Team Thor, que ya eran directamente pura sitcom, pero está claro que Taika Waititi no está muy por la punto de respetar la épica y magnitud de los dioses nórdicos con la pompa y énfasis con la que abordaron el tema Kenneth Branagh y Alan Taylor en las anteriores entregas.

Aquí el perenne contraste entre la naturaleza divina / extranjero del Dios del Trueno y el enfoque mundano con el que se contemplan sus aventuras es el engranaje de una comedia con un ritmo guay. Por eso las conversaciones entre Thor y Hulk parecen las de dos críos perpetuamente enfurruñados, como lo son todavía las discusiones entre Thor y Loki. Son semidioses, sí, pero contemplan el cosmos como los niños malcriados que, posiblemente, seríamos todos si tuviéramos un poder inconcebible en nuestras manos.

El responsable de esa trivialidad es Taika Waititi, que aplica a ‘Thor Ragnarok’ -con las inevitables restricciones- un enfoque cómico paralelo al que le dio a los mitos vampíricos en ‘Lo que hacemos en las sombras’. Aquí despoja a los héroes Marvel de su pesantez y hace que la situación desborde incluso sus poderes, pese a los intentos de los personajes de perdurar la compostura (la ridiculez de un Chris Hemsworth cuando se pone gutural y digno, por ejemplo, frente a la Valkiria, es especialmente significativo).

Dame más comedia, Marvel

La propuesta de Waititi, de este modo, funciona mejor cuando es consciente de sus puntos fuertes. Cuando los actores improvisan o se dejan soportar por lo ridículo de las situaciones (como Hemsworth en el prodigioso inicio, un apabullante Jeff Goldblum que se come cada una de sus escenas, o el propio Waititi dando hilarante voz aflautada al fornido extranjero Korg) es cuando la película respira y encuentra una personalidad.

‘Thor: Ragnarok’ funciona mejor cuando se entrega sin titubeos a la comedia y deja a sus actores improvisar.

Y así, cuando el resto de los aspectos de la película le dan la mano a ese desenfado, la película encuentra una zona por explotar y sabe sacarle partido. Son los momentos en los que el diseño de los escenarios rinde tributo al talento Jack Kirby. O cuando la película se olvida de guiños de cara a la corredor (¿’Inmigrant Song’ de Led Zeppelin para adjuntar una pelea a estas jefatura?… parece que los Awesome Mix de ‘Guardianes de la Galaxia’ hicieron más daño del que creíamos) y deja paso en su bandada sonora a las delirantes composiciones tecnopop del hércules Mark Mothersbaugh, completamente disociativa del resto de las producciones Marvel.

Por contra, cuando la película siente la requisito de complacer a quienes buscan un espectáculo Marvel familiar al resto adquiere un tono poco templado, y del que no sale con tanta solvencia como las ‘Guardians of the Galaxy’, que mantienen su personalidad tanto en sus momentos propios de James Gunn como en los money shots de guantazos. Es el motivo por el que Cate Blanchett da pie a una estupenda villana que, sin secuestro, se siente poco desaprovechada. Algo similar (aunque no tan acentuado) sucede con la Valquiria de Tessa Thompson, un buen contraste para Thor que merecía más atención y más humor.

Thorragnarok2

También pasa con las secuencias de entusiasmo: la única que no se percibe como poco ya conocido en otras películas Marvel es el primer choque de Thor y Hulk en el coliseo, precisamente porque entre sus rendijas se desliza buena parte del humor que caracterizará al resto de la película. El peso de la identidad de Marvel y las necesarias concesiones al curva entero de ‘Infinity War’ (Thor es un Vengador, al fin y al lugar) resienten poco el ritmo y el tono.

Pero son problemas menores en un conjunto no solo superior a las otras películas de Thor, que se cuentan entre lo peor de Marvel, sino incluso superior a los momentos más bajos de las películas colectivas de los Vengadores. Solo le hace descuido un pequeño empuje para abrazar sin miedo la estética de pop sicodélico que proclama el guay cartel y convertirse en una comedia superheroica con todas las de la ley. ¿Nuestra propuesta? Que Taikiki reciba un personaje último, como Ant-Man, donde no tenga que preocuparse por el qué dirán.

Hay un momento en ‘Thor: Ragnarok’ en el que se pone en pie un improvisado corro en el que figuran una Valkiria y Hulk. A ellos se podría sumar, en diferido, un ‘Doctor Strange’ que protagoniza una de las secuencias más divertidas y desenfadadas de la película.

Tendríamos así una curiosa reformulación de uno de los grupos más extraños de la historia del Universo Marvel, los Defensores (los auténticos, no los de Netflix). Quizás ese es el espíritu que Taikiki debería averiguar: extravagancia, contrastes y mínimo de miedo al ridículo. ‘Thor: Ragnarok’ no es perfecta, pero es un guay paso en esa dirección.

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