poder y silencio en el debate científico

Hoy os voy a charlar de un estudio sabio que se publicó hace unos días. No sólo es un estudio vistoso, sino que está publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo y ha sido realizado por uno de los grupos de investigación castellano más importantes del radio. Es, a todas luces, una perita en dulce.

No os quiero engañar: soy periodista sabio y, como os podéis imaginar, este tipo de estudios científicos me hacen profundamente eficaz. Son temas curiosos, fiables y desarrollados “en casa”. ¿Qué más se puede pedir? Así que, ni corto ni perezoso me descargo el artículo para leerlo con calma y eclosión a escribir a algunos expertos en el radio para comentar impresiones.

“Hola, Soy Dronte, ¿Qué te parece este paper?”

James Sutton 192413

“Me parece una mierda”. Esa fue la primera respuesta del primer versado con el que hablé. Off-the-record, claro. Lo que siguió fueron tres horas al teléfono, llamando uno tras otro a todos los expertos del radio que tengo en dietario. Todos coincidían en las mismas tres ideas: a) el artículo es malo, b) la comunicación que se está haciendo es peor y c) prefieren no comentar falta a nivel conocido.

No fueron ni uno, ni dos, sino siete investigadores de distintas universidades españolas. Todos con un buen currículum culto, interesados en divulgación y que han colaborado en otras ocasiones con nosotros. La respuesta de los siete ha sido casi la misma. Alguno, con buena intención, me sugirió que buscara a “algún catedrático que tenga ya poco que perder”.

Fue en ese momento cuando perdí el interés en el estudio (del que ya hablaré) y empecé a interesarme por todo lo demás. ¿Qué estaba pasando aquí? ¿Qué dinámicas hacían que un buen número de investigadores me explicaran que “no querían hacer ese tipo de enemigos sin necesidad”?

Las malas prácticas en ciencia van más allá de lo que podría parecer

Nathan Anderson 143022

Tampoco tendría sentido que me hiciera el sorprendido. Basta tener poco de contacto con científicos en activo para percatarse de cómo las dinámicas de poder, influencia y ‘conflictos de interés’ están a la orden del día. Tanto es así que yo suelo comentar (medio en broma, medio en serio) que no necesitamos una ‘filosofía de la ciencia’, sino una ‘ciencia política de la ciencia’.

Todo esto entra en el interior de lo que podríamos denominar fraude y mala praxis científica; es aseverar, la distorsión intencionada del proceso investigador. Aunque lo más llano engloba a la fabricación, la falsificación y el plagio, hay muchas otras cosas como el uso de escritores (y analistas de datos) espanto, la manipulación de los índices de impacto, la violación de los principios éticos y la no publicación (u ocultamiento) de resultados relevantes.

El trapicheo incluso, claro. Y no es poco que los propios científicos no sepan. En 2009, Danielle Fanelli elaboró un metaanálisis sobre el fraude científico. Encontró cosas curiosas: Si se les preguntaba a los científicos por su propia conducta, un 1,97% de ellos reconocieron acontecer fabricado o falsificado datos al menos una vez y un 33,7% reconocieron acontecer realizado algún otro tipo de actos cuestionable. Pero si se les preguntaba por la conducta de sus colegas, las cifras ascendían a un 14,12% y 72% respectivamente.

¡Un 72%! Es cierto que en la última decenio este tipo de prácticas han sido expuestas es numerosas ocasiones. Ya sea a través de plataformas como “Retraction Watch” o de movimientos como los diferentes “Reproducibility projects” que están surgiendo en numerosas áreas que van desde la biología del cáncer a la psicología de la mano de la Open Science Framework.

Reformar la ciencia no es solo metodología, es incluso arreglar la institución

Chuttersnap 233105

En cambio, parece el vehemencia metodológico no se pone incluso en la búsqueda de una reforma institucional. Y no es que el sistema de incentivos no sea criticado, es que pese a esas críticas tienen poco represión más allá del ámbito puramente intelectual.

Como defiende Jesús Zamora Bonilla las decisiones de los científicos sobre qué investigar, qué métodos usar, cuándo aceptar una teoría y cuándo rechazarla o cómo interpretar un test no ocurren en el infructifero, no son neutrales y, por supuesto, no son inocentes.

Cuando tus posibilidades de promoción, tus posibilidades de publicación o tus posibilidades de financiación dependen en buena parte de redes en el interior de radio en el que trabajas, aturdir a los que tienen poder es un problema. Cuando Max Planck decía que “la ciencia avanza funeral a funeral”, hablaba en parte de esto.

Porque no, este no es un problema (exclusivamente) castellano, ni es un problema contemporáneo. Pero como reflexionaba Sydney Brenner, Nobel de medicina en 2002, dejar la ciencia a los científicos había provocado una deriva del sistema culto que estaba destruyendo las bases sociales de la investigación.

El éxito de la ciencia, como institución, depende de nuestra capacidad para alinear objetivos personales y colectivos. Pero, sobre todo, depende de nuestra tacto para conseguir que la única forma de conseguir gratitud, poder y patrimonio en el mundo sabio sea buscando la verdad (y no controlando un comité editorial).

Y, por eso, necesitamos una anciano implicación de la sociedad en el debate sabio (porque las sociedades democráticas tienen en sus manos decisiones muy importantes sobre cómo se organiza y desarrolla la ciencia); pero, sobre todo, necesitamos que los movimientos de renovación de la ciencia se reivindiquen incluso que la forma en que organizamos la ciencia es una de las herramientas esencia para obtener mejores resultados.

Imágenes | JD Hancock


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