No, ninguna “inteligencia artificial” ha descifrado el manuscrito Voynich

Ha sido una de las telediario curiosas de la semana: una inteligencia artificial comienza a descifrar uno de los libros más misteriosos de la historia. Pero no. En existencia, si nos fijamos en los detalles de la historia, lo único que ha demostrado esta inteligencia fabricado es que frente al manuscrito Voynich está tan perdida como nosotros.

Recapitulemos: entre 1404 y 1438, cierto en algún espacio empezó a escribir un manual en un idioma desconocido y con un alfabeto que nadie había trillado nunca. Lleno de ilustraciones de plantas desconocidas, símbolos astrológicos y mujeres desnudas, descifrar “el libro que nadie ha podido leer” hubiera sido un paso desmesurado en la intersección entre criptografía y la inteligencia fabricado. Una pena que no haya sido así.

Un mundo harto de aficionados

Desde que se redescubrió el manuscrito en 1912, los intentos de descifrarlo han sido contínuos. Su popularidad ha hecho que muchos profesionales y muchos aficionados sin conocimientos especializados se lancen a la caza de una alternativa. Kondrak y Hauer, los protagonistas de esta semana, parecen solo un caso más de ellos.

Su proposición, que siquiera es flamante, es que se puede restablecer el manuscrito para, por pura fuerza bruta, encontrar conexiones con otros textos. Cosas como la frecuencia o la combinación de humanidades podrían darnos pistas sobre el idioma en en el que está escrito.

Y es que, desde los abriles 60, sabemos que se tráfico de una idioma natural (o de un código relacionado con una idioma natural) porque cumple la Ley de Zipf, una regularidad empírica que solo se da en las lenguas naturales y que describe la frecuencia aparición de las palabras. Los lenguajes inventados (sobre todo, los lenguajes inventados en el siglo XV) no la cumplen.

Se han propuesto muchísimos idiomas: árabe, mexica, vasco, romaní o, incluso, mexica. Por eso, Kondrak y Hauer decidieron comparar el texto del manuscrito con la Declaración de Derechos Humanos y sus 380 traducciones. Ese fue su primer error. No porque no funcionara que lo hizo; sino porque el documento se escribió hace más de 500 abriles. Compararlo con lenguas actuales es, cuanto menos, arriesgado.

Hacerse trampas al solitario

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Pero, como digo, su metodología llegó a la conclusión de que el manuscrito está escrito en hebreo. ¿Cómo es posible? Asumiendo ciertas ideas que, desde luego, no están justificadas. Por ejemplo, Kondrak y Hauer recogieron una idea que llevaba abriles dando vueltas entre los voynichólogos: las palabras son anagramas; es asegurar, palabras que resultan de la transposición de las humanidades de las palabras originales. Eso les daba una enorme capacidad de combinación en idiomas como el hebreo antiguo que no usaba vocales.

Esto es interesante, porque lo que dicen Kondrak y Hauer es que el hebreo es la idioma que más se parece (hasta un 80% de las palabras del Voynich puede reordenarse para ser palabras hebreas); pero el venidero idioma era el malayo. Hebreo y malayo son dos idiomas muy diferentes cuyo único punto de conexión es que el malayo se puede escribir en una lectura del alifato árabe (una que que** siquiera tiene vocales**).

Pero han descifrado una frase, ¿no es cierto?

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Sí. De hecho, eso es, sin espacio a dudas, lo que ha cubo más fuerza a la idea es que han sido capaces de traducir el manual. Sin incautación, además hay trampa: en el mismo trabajo explican como tuvieron que cambiar la traducción para que tuviera sentido cubo que los primeros resultados no fueron “muy coherentes”.

Shlomo Argamon, un filólogo computacional del Instituto de Tecnología de Illinois, explicaba en Verge que se tráfico de un método poco riguroso que les da “una gran libertad para hacer este tipo de interpretación impresionista”. Demasiada, de hecho. El trabajo de Kondrak y Hauer es interesante por alguno de los métodos estadísticos que usan, pero su desconocimiento de cosas básicas sobre paleolingüística los han llevado a ver regularidades donde solo parece que hay malas decisiones de investigación.


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