Neuralink, ciborgs y el coste de jugar con el cerebro

Elon Musk lo ha vuelto a hacer. Ha puesto encima de la mesa un tema ‘tecnológicamente raro’ y se ha llevado la atención de los medios internacionales. En este caso, se negociación de un tesina para integrar inteligencia fabricado y técnicas de incitación cerebral profunda con vistas a mejorar la capacidad de nuestro cerebro.

Suena espectacular, sin duda. Pero, como siempre cuando hablamos de los proyectos de Musk, la pregunta es si se negociación de poco viable. O si, como otra veces, están extendiendo cheques que, con la ciencia flagrante en la mano, no se pueden sufragar.

En búsqueda del ciborg

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Por lo que hemos podido aprender, el trabajo flagrante de Neuralink, que así se denomina el tesina, se centra en el llamado ‘cordón neural’, un sistema de incitación cerebral mediante pequeños electrodos que podría ser usado, a la vez, como interfaz y como potenciador cognitivo.

Aunque estamos hablando todos sobre él, está en una período muy temprana de progreso. El primer paso sensato su demostrar su potencial con enfermedades como la epilepsia o las depresiones mayores; pero, sobre todo, con las enfermedades neurodegenerativas graves como el Parkinson y el Alzheimer. Es el contorno más estudiado y donde la tecnología puede presentar resultados a “corto plazo”.

Si todo va acertadamente, la ‘mejoramiento cognitiva’ será, según explicaba el propio Musk, el sucesivo paso. Las declaraciones en las que planteaba que “o los humanos se fusionan con las máquinas, o la inteligencia artificial nos hará irrelevantes”, aparecen ahora como la hoja de ruta con destino a una integración entre el cerebro humano y la inteligencia fabricado. Algo que tiene obsesionado al fundador de Tesla.

¿Todo esto es posible?

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Hace un par de años os hablábamos de Hatham Withmore, un investigador del National Institute of Aging que utilizaba la incitación magnética transcraneal para mejorar sus habilidades a la hora de escribir código. “Es como si el ordenador se programara a sí mismo”, decía.

Y es que las posibilidades de la incitación cerebral son, sin área a dudas, disruptivas: a día de hoy, se ha demostrado que podemos mejorar nuestra capacidad de atención, nuestra memoria eficaz, nuestra agudeza visual o, incluso, nuestras habilidades de cálculo matemático. También parece tener un efecto interesante en pacientes con depresión y llega a mejorar hasta en un 33% el desempeño de pilotos principiantes en simuladores de revoloteo.

La posibilidad de instalar de forma sencilla y segura electrodos adentro del cerebro, nos permitiría ir más allá: revolucionaría la incitación cerebral profunda y abriría todo un mundo nuevo en estas tecnologías. Es poco que conocemos, pero que no podemos hacer porque la seguridad y la ética no lo permiten. Ahí, como bien sabemos, los límites de lo que se podría hacer casi no existen. Aunque, claro, esto no es gratuito.

El costo de mejorar el cerebro

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Dejando de costado el hecho de que, legado nuestro conocimiento flagrante sobre el cerebro, la primerísima función del ‘cordón neural’ tendría que ser la investigación; lo que sabemos hoy por hoy sobre las consecuencias de la neuroestimulación debería hacernos cautelosos.

El gran problema, como explicaron Teresa Iuculano y Roi Cohen Kadosh en 2013, es que la mejoramiento cerebral tiene un coste. “Podemos mejorar una función [cognitiva], pero esa mejoramiento es a costa de otra función“. Una función que puede ser cognitiva, sí; pero que incluso puede ser emocional o, incluso, moral.

Es aseverar, no sabemos cuáles pueden ser las consecuencias a medio plazo de todo esto; ni, muchos menos, los peligros que podría suponer un hackeo de plataformas de ese tipo. Por eso es extraordinario que, en un contexto en el que la neurotecnología tiende a ser menos invasiva, la desafío de Neuralink vaya en el sentido contrario.

Algo que los expertos no ven claro, pero que se explica perfectamente si nos atenemos a las obsesiones del propio Musk. Porque al final siempre volvemos a Musk y sus obsesiones. No parece un tesina ficticio, pero no hay duda de que es mucho más angurriento de lo que nos quieren hacer creer.


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