Los orígenes evolutivos de la ético: ¿monos o dioses?

Solemos pensar que la ético es poco importante pero ocasional en nuestras vidas. Tendemos a reducirlo a ciertas decisiones más o menos importantes en nuestra vida: ¿Ayudo a mi amigo? ¿Dono moneda a una ONG? ¿Desobedezco a mis padres? Sin confiscación, el resto de nuestro quehacer corriente parece no tener falta que ver con la ético.

Ducharme, desayunar, vestirme, estudiar o trabajar, divertirme, ver la tele, apostar con mi móvil… ¿Qué tiene que ver eso con el correctamente o con el mal?

Error. El sociólogo francés Emile Durkheim sostenía que lo que más define a una sociedad es su normatividad, y ésta se encuentra por todas partes. Pensemos en poco aparentemente tan inocuo como la ropa que llevamos puesta. Imaginemos que hoy, al ir a clase o al trabajo, en vez de sobrellevar la ropa de siempre, nos vestimos con un disfraz de conejito rosa ¿Qué ocurriría?

Formaríamos revuelo, todo el mundo se pondría a cuchichear o, directamente, nos señalaría y se reiría de nosotros ¿Por qué? ¿Acaso hemos hecho poco malo al ir vestidos de una forma diferente, por muy estrafalaria que sea? Sí. Aunque no sea evidente, nuestra forma de vestir está totalmente normativizada y sujeta al puro razón y valoración de los demás.

No solo nuestra ropa: nuestros gestos, nuestra forma de charlar y de caminar… ¡todo lo que hacemos está constantemente supremo y evaluado por los demás! Hay una clara y precisa escalera de títulos que dicta qué es lo bueno y lo malo para todos y cada uno de los actos que realizamos. Y, adicionalmente, no hace error una policía de la ético, pues todos nosotros nos encargamos gustosos de la tarea y somos mucho más efectivos que la mismísima stasi. Todos nos vigilamos mutuamente sin que haga error un Gran Hermano que lo haga.

¡La ético está entonces por todos lados! Pero, ¿de dónde surge? ¿Quién dicta lo que hemos de hacer con nuestras vidas? ¿Cuál es, a fin de cuentas, la fuente de la ético?

El correctamente del chamán

Istock 458115029

Noche de retrato nueva. El chamán tira unos trozos de hueso al suelo y, tal y como le enseñó su padre, lee los designios de los espíritus según su posición. Del llamativo caos de pequeños pedazos de tibias y fémures de mandril petigrís, hay que conocer extraer algún tipo de orden, algún tipo de estructura que pueda formarse. Muchas veces no se ve falta pero esta vez está muy claro: un hueso se ha roto, la tragedia está por ascender.

A los diez días una avenida asola el poblado. El principal suplica al chamán que haga todo lo posible por aplacar la ira de los espíritus. El chamán replica que lleva cinco noches orando y danzando sin detener y que ya ha sacrificado tres cabras. Si eso no ha surtido emoción, la única posibilidad es correctamente sabida por todos. El principal mira al suelo apenado y aprieta los puños. Va a tener que hacer poco que nunca soñó estar obligado a hacer nunca.

Los espíritus están furiosos porque se violó la ley. Todo el mundo sabe que en la incertidumbre del solsticio de verano no se puede abandonarse con una hembra frente al tótem. Y la última incertidumbre de solsticio, el hijo pequeño del principal, embriagado por el yopo, yació allí con su prima. Es una violación muy molesto de la ley cuyo castigo no admite discusión: el destierro.

Todo lo que hacemos está constantemente supremo y evaluado por los demás. Hay una clara y precisa escalera de títulos que dicta qué es lo bueno y lo malo para todos y cada uno de los actos que realizamos

Acompañado por cuatro guerreros, el principal irrumpe en porción de la oscura incertidumbre en la choza de su hijo. A almohadilla de palos y golpes, lo llevan a la gran roca corriente que señala el fin de los territorios de la tribu. Entre lágrimas de furia, el principal le prohíbe retornar nunca bajo pena de crimen si lo intenta. Será la última vez que lo ve.

Después de lloriquear durante horas, el hijo se sienta en un claro de la selva. Maldice su suerte y reflexiona: ¿por qué merece el destierro? ¿Qué hay de malo en abandonarse con su prima? ¿Acaso hizo daño a cualquiera? ¿Quién dice lo que es bueno y lo que es malo?

Mira al bóveda celeste y le parece inmenso, inabarcable, incomprensible. Mira como la Vía Láctea cruza el firmamento ¿Qué será esa inmensidad de puntos luminosos? El viejo contaba que eran nidos de luciérnagas que decoraban la entrada de la morada de los grandes espíritus.

Desde el principio de los tiempos, los espíritus creadores y dominadores de todo lo que existe, transmitieron la ley al primer chamán, padre de todos los demás que han ido dejando su encomienda una y otra vez, durante innumerables generaciones. Ese es el origen de la ley y la razón porque la ley debe cumplirse: nadie que desobedezca a los espíritus llega muy allá.

Efectivamente, el hijo del principal no debió abandonarse con su prima frente al tótem. Lo sabe y se lamenta desconsolado. Su mala acto es la única culpable de la avenida que está matando a su tribu.

De lo divino a lo humano

Spinoza Baruch Spinoza (1632-1677), defendía que los títulos son creaciones humanas arbitrarias

La historia de la humanidad siguió avanzando y el origen divino de la ético entró en crisis, a la vez que las grandes religiones perdían poder e influencia (al menos en Occidente). Llegó el racionalismo, la revolución científica y la Ilustración, y con ellas una pleito declarada a los mitos, y a las formas de entender la religión, tradicionales.

El innovador pensador holandés Baruch Spinoza, entendía que la ético debería estar fundamentada en el puro orden de la razón, de modo que si razonábamos con precisión, estaríamos obrando en concordancia con la naturaleza (que para él era lo mismo que Dios) y, por lo tanto, estaríamos actuando correctamente.

Su exigencia de rigor llegó a tal extremo que su obra más famosa se titula Ethica more geométrico demostrata (Ética demostrada según la geometría). Spinoza quería demostrar principios morales exactamente de la misma forma que se demuestran teoremas matemáticos ¡De la misma forma que sabemos que 2+2=4, podríamos conocer que tal o cual acto están correctamente o mal!

En la Escocia ilustrada, David Hume veía la ético de un modo totalmente opuesto a Spinoza. Para Hume el origen de la ético no estaba en la razón sino en nuestros sentimientos. Cuando decimos que un acto es bueno, lo único que hacemos es mostrar nuestro sentimiento de júbilo con destino a tal acto.

La historia de la humanidad siguió avanzando y el origen divino de la ético entró en crisis, a la vez que las grandes religiones perdían poder e influencia

El sentimiento agradable acompaña la contemplación de una buena acto y el desagradable la mala.
¿Y qué es lo que marca qué nos agrada y nos desagrada? La psicología propia de nuestra especie. Por ejemplo, es muy global en el ser humano fallar como malo el infidelidad. Sin confiscación, si fuéramos bonobos, una especie de primates famosos por su promiscuidad, no tendríamos problema alguno viendo a nuestra pareja copular con muchísimos otros.

Pero, ¿esto no nos llevaría a una ética egoísta en la que cada uno solo indagación su disfrute propio? No, Hume nos hablará de la simpatía, un sentimiento universal que hace que nos sintamos correctamente ayudando al prójimo. De acuerdo, pero seguimos sin estar satisfechos: ¿de dónde sale lo que la psicología de nuestra especie considera como bueno? ¿De dónde surge la naturaleza humana?

De lo humano a lo animal

Portrait Of Charles Darwin Wellcome Charles Darwin (1809-1882), padre de la Teoría de la Evolución

No somos tan especiales como nos creíamos. No somos la especie elegida por los dioses, ni siquiera nuestro planeta es el centro del Universo. En 1871 Darwin publica El Origen del hombre, donde palabra por primera vez de que el origen del comportamiento humano se encuentra en nuestros antepasados primates.

Como podemos fácilmente imaginar una idea afín causó un revuelo tremendo en la mentalidad de la Inglaterra victoriana ¿Cómo es posible que la arte que más nos acerca a Dios, nuestra capacidad de atreverse ejecutar correctamente o mal, esté ya presente, aunque sea de modo incipiente, en poco tan despreciable como un mandril?

Podríamos, quizá, aceptar que nuestros comportamientos más innobles, nuestra conducta sexual o nuestra combatividad, tuvieran un origen animal… ¿pero nuestro sentido ético? ¡Por ahí sí que no! La condena por parte tanto de la sociedad en su conjunto como de la comunidad académica fue casi acorde. Ilustres científicos se opusieron con fiereza a la teoría de la progreso: Louis Agassiz, Lord Kelvin, o Louis Pasteur, entre tantísimos otros, renegaron de Darwin.

No fue hasta el 24 de octubre de 1996 (137 primaveras posteriormente del Origen de las especies), cuando el Papa Juan Pablo II reconoció que el darwinismo era poco más que una hipótesis

Y, como no podría ser de otra guisa, la concurso más cachas caldo desde la religión. No pudiendo aceptar la progresiva pérdida de protagonismo e influencia históricos, los líderes de los diferentes credos se opusieron al darwinismo. En 1860, el importante prelado anglicano Samuel Wilberforce protagonizó un intenso debate en Oxford contra el darwinista Henry Huxley. Según cuentan, Wilberforce se burló de su rival preguntando irónicamente a Huxley si procedía del mandril por parte de hermana o de padre.

Por supuesto, el Vaticano afirmó sin paliativos que la teoría de la progreso era “la quimera de un ateo blasfemo”. No fue hasta el 24 de octubre de 1996, ¡137 primaveras posteriormente del Origen de las especies!, cuando el Papa Juan Pablo II reconoció que el darwinismo era poco más que una hipótesis. Eso sí, Dios intervendría en la progreso en el momento en que se diera el paso de animal a persona, insuflando al primate el alma humana.

Beethoven y la simbiosis

Istock 502177722

La figura central es el primatólogo holandés Frans de Waal, quien dice que tendemos a comprender la ético en los animales siguiendo lo que denomina el error de Beethoven. Lo explicamos: nos inclinamos a pensar que las grandes obras de la humanidad nacen, se planifican y se generan en lugares y circunstancias acordes con su dignidad.

Cuando pensamos en la Novena Sinfonía, se nos viene a la vanguardia un Beethoven escribiendo con su pluma frente a un piano en algún salón de la corte de Viena. Por el contrario, nos cuesta mucho pensar que, positivamente, muchas de las genialidades de Beethoven nacieran en el lúgubre hábitat de los burdeles de esa misma ciudad ¿Cómo puede surgir una sublime sinfonía entre trinque y prostitutas?

Según de Waal, lo mismo nos sucede al pensar en la ético y en los primates. Cuando imaginamos el mundo animal, solemos hacerlo desde la visión simplona, y casi caricaturizada, de los documentales de animales. La imagen que más se recrea en nuestra mente cuando pensamos en la progreso darwiniana es la de la antílope siendo perseguida por el valiente. En la naturaleza reina la “ley de la jungla”, eso es, la supervivencia de los más fuertes en una feroz lucha por la supervivencia.

La naturaleza se nos presenta como inmoral, como un mundo injusto y colosal en constante lucha todos contra todos (tal y como lo entendió Thomas Hobbes). Entonces llega el ser humano, hecho a imagen y relación de Dios, y crea la civilización y la ético, trayendo honestidad y prosperidad al salvaje reino animal.

Nada más antropocéntrico y arrogante que eso. Si observamos detenidamente la conducta de muchas especies animales comprobamos que la cooperación y el sacrificio por la comunidad son, más que una excepción, la norma. El altruismo estaba ya correctamente documentado en chimpancés, delfines o elefantes, pero es que ahora van apareciendo estudios por todos lados que nos hablan de cooperación en ratas, cobayas, murciélagos…. ¡Y hasta en lagartos! Incluso tenemos algunos casos en los que animales de diferentes especies se ayudan cuando eso, evidentemente, no les reporta ningún tipo de beneficio evolutivo.

Si observamos detenidamente la conducta de muchas especies animales comprobamos que la cooperación y el sacrificio por la comunidad son, más que una excepción, la norma

Y es que no hace error acogerse al comportamiento animal para ver el aspecto fundamentalmente colaborativo del mundo de la vida. La microbióloga Lynn Margulis no se cansa de subrayar que en el reino de los microorganismos lo que prima, con mucha diferencia, son las relaciones de simbiosis. No hay más que mirarnos a nosotros mismos: somos un ayudante en gran medida organizado de unos 37 de billones de células que trabajan juntas para mantenernos vivos ¡37 billones de seres colaborando coordinados! ¡Ríanse ustedes de cualquier estructura comunista o colectivista!

La violencia y la asalto, el pez ancho comiéndose al pequeño, se dan fundamentalmente en el reino animal, es asegurar, en el de los organismos más grandes, los cuales, a pesar de su tamaño, solo constituyen una pequeña parte de la biota y de la biomasa del planeta. En el reino de las células, la cooperación es la norma.

Pero, un momento, ¿estamos hablando en serio? ¿Estamos diciendo que una germen o una célula se comportan moralmente? ¿No estamos yendo demasiado allá en nuestra conexión con los seres vivos? De acuerdo, hay que aclarar un poco el asunto: definamos qué es un acto ético.

Fdw2009s Frans De Waal, uno de los investigadores que sostiene que el origen de la ética debemos encontrarlo en el mundo animal

Evidentemente, que un montón de fibras musculares cooperen para hacer que mi protector se mueva no parece un acto ético y, en cualquier caso, sería un acto egoísta. Cada célula colabora porque si trabajan juntas consiguen que el organismo sobreviva, lo que equivale a la supervivencia individual de cada una.

Para que exista un comportamiento ético diríamos, como pequeño, que cualquiera tiene que hacer poco sin averiguar su propio beneficio, un acto altruista: ayudar a los demás perjudicarse a sí mismo, sin averiguar falta a cambio. Entonces, por ejemplo, la acto de las células de nuestro sistema inmunitario sería ético ¿No se sacrifican por nosotros nuestros glóbulos blancos en su lucha incesante contra las infecciones?

Es cierto, no diríamos que un linfocito actúa moralmente por muy heroico que sea su sacrificio porque le error una cualidad indispensable en cualquier acto ético: la intencionalidad. A pesar de que cumpla perfectamente su objetivo, el leucocito no quiere, no desea salvarnos. Sería poco suficiente disparate regañar o castigarle si no cumple correctamente su función, si él no se da cuenta de absolutamente falta de lo que está haciendo.

Entonces, si queremos averiguar los orígenes de la ético en la naturaleza debemos ir a organismos más complejos, animales que sean capaces, como pequeño, de tener intenciones, de darse cuenta de lo que hacen y ser conscientes de las consecuencias de sus actos ¿Quiénes podrían cumplir estos requisitos? Vayamos a nuestros parientes evolutivos más cercanos: los monos.

Primates y filósofos

Wolfhang Khöler fue un psicólogo teutón, pionero en investigar la inteligencia animal. Son muy famosos sus experimentos, en la Estación de Antropoides de Tenerife, con el chimpancé Sultán, quién superaba las diferentes pruebas a las que Khöler le sometía, mostrando capacidades de planificación que, hasta entonces, se consideraban exclusivas del ser humano.

Desde entonces, infinidad de nuevos experimentos han demostrado una gran cantidad de cualidades más que vuelven a caer nuestro arrogante antropocentrismo: los chimpancés son conscientes de sí mismos (véase la prueba del espejo de Gallup), tienen capacidad de jerigonza simbólico (Washoe fue capaz de memorizar más de trescientas palabras del jerigonza de sordomudos), tienen civilización que pueden transmitir de vivientes en vivientes (claro ejemplo en los inteligentísimos macacos japoneses), su estructura social es muy compleja (jerarquías, alianzas, conocidos…) e, incluso, son capaces de poco tan sofisticado como mentir.

Pensemos que para engañar hace error tener una TOM (Theory Of Mind) muy sofisticada: hay que conocer que el otro tiene una mente, que tiene creencias acerca de la verdad, que esas creencias pueden ser erróneas y, adicionalmente, que uno puede provocar que el otro tenga creencias erróneas.

Se ha demostrado como, por ejemplo, monos capuchinos costarricenses, una vez que han contrario alimento, hacen falsas señales de señal que indican la presencia de depredadores para atemorizar a sus congéneres, y así quedarse con la comida para ellos solos.

Y por si todo esto fuera poco, los primates tienen sentido de la honestidad. De Waal, unido con Sarah Brosnan, realizó una serie de sorprendentes experimentos con monos capuchinos. Se trataba de que los monos realizaran un sencillo trabajo (dar una piedra al experimentador) por el que recibirían un premio (un trozo de pepino).

A los capuchinos les gusta el pepino, pero su comida favorita son las uvas. Pues correctamente, en un momento determinado, a uno de los monos se le premiaba con una uva por realizar el mismo trabajo por el que a otro solo se le premiaba con un trozo de pepino ¿Cómo reaccionaba el mandril tratado injustamente? Se enfadaba y tiraba el trozo de pepino al experimentador.

Pero es más, De Waal nos dice que el mandril que ha recibido la uva, al lengua de unas cuantas pruebas más, deja de hacer la tarea porque igualmente se da cuenta del enfado de su compañero ¡Está sintiendo empatía! Los monos se dan cuenta de cómo se sienten los demás y pueden tener conductas solidarias con ellos.

Os dejo aquí una TED talk en la que el propio De Waal explica mucho mejor que yo sus descubrimientos:

A pesar de todas las evidencias que tenemos, todavía existe controversia acerca de si el comportamiento supuestamente ético es, positivamente, del todo ético y equiparable al nuestro. La polémica se hizo más explícita con la creación del Great Ape Project, una estructura que lucha por dar derechos a los grandes simios semejantes a los que disponemos los humanos.

Se palabra, por ejemplo, de derecho a la vida o a no ser torturado y se pide, contundentemente, la independencia de todos los grandes primates que actualmente viven en cautividad. La propuesta tiene importantes apoyos en intelectuales como Peter Singer, Richard Dawkins, la mítica primatóloga Jane Goodall o, en España, el filósofo Jesús Mosterín.

Aunque el comportamiento de los primates no pudiese considerarse plenamente ético ya que diferimos evolutivamente de ellos en seis millones de primaveras, sí que parece innegable que el origen de la ético ya puede estar con claridad en ellos

Las objeciones van en la ruta de sostener que suena poco extraño conceder derechos sin responsabilidad (parecería muy extraño fallar y enchiquerar a un primate por robo u homicidio), o de argumentar que los simios no pueden positivamente tener ético ya que no cuestionan las normas ni reflexionan sobre ellas (no tienen ética). Quizá parece más mediano conceder una singular protección constitucional a los primates más que hacerlos sujetos de derecho.

En cualquier caso, aunque el comportamiento de los primates no pudiese considerarse plenamente ético ya que, con total evidencia, diferimos evolutivamente de ellos en seis millones de primaveras y, por consiguiente, somos muy diferentes, sí que parece innegable que el origen de la ético ya puede estar con claridad en ellos. Si no nos gusta charlar de ético animal, como pequeño, tenemos que aceptar charlar de protomoral o de ético primitiva.

Alquimistas morales: el sexo en una molécula

oxitocina Estructura química de la Oxitocina

Enfoquemos ahora el tema desde otra perspectiva. Hasta ahora hemos buscado la ético en el comportamiento animal, pero podemos buscarla en otro costado: la química de nuestro cerebro ¿Son nuestros sentimientos y decisiones morales poco propio de nuestra alma, de un principio espiritual trascendente, o son solo fruto de las reacciones bioquímicas que se dan en nuestro cerebro?

La oxitocina es una molécula sencilla. Es un oligopéptido que consta solo de nueve aminoácidos. Se produce en el hipotálamo, de donde se traslada a la hipófisis, una tiroides en la que se almacena y se secreta cuando es necesaria. Fue sintetizada artificialmente en 1953 y, desde los primaveras setenta del pasado siglo, se utiliza en los partos porque sirve para acelerar (y en ese sentido controlar) las contracciones musculares del cuello uterino, que llevan a expulsar al recién nacido. Hasta aquí falta raro, una hormona más con cierta utilidad para la obstetricia.

Sin confiscación, en los últimos tiempos se ha descubierto que la oxitocina, adicionalmente de una hormona, es un neurotransmisor que tiene que ver con muchos comportamientos humanos muy relacionados con la ético: la confianza, el altruismo, la altruismo o la compasión, e incluso el sentimiento de pertenencia a un género… ¡prácticamente en todas las relaciones humanas hay oxitocina!

Inmediatamente posteriormente del comienzo, la hermana segrega una gran cantidad de oxitocina, la cual genera ese gran sexo que la hermana siente con destino a sus crías (se ha llegado a referirse a la oxitocina como “la hormona del amor”), y la fiereza que exhibe delante cualquiera que pretenda hacerles algún daño. El sexo materno, quizá el más cachas que puede sentirse, no es fruto de ninguna magina divina ni de poco más trascendente, es solo la sencilla acto de una molécula de solo nueve aminoácidos.

En los últimos tiempos se ha descubierto que la oxitocina, adicionalmente de una hormona, es un neurotransmisor que tiene que ver con muchos comportamientos humanos muy relacionados con la ético

En un experimento, el neuroeconomista Paul J. Zak y su equipo, demostró que dirigir oxitocina por vía intranasal a ciertos individuos, los hacía significativamente más generosos repartiendo moneda en el juego del ultimátum (hasta un 80% más) ¡La altruismo puede inducirse químicamente!

No obstante, el principal problema del uso médico de esta apasionante sustancia, es que cuando la administramos por vía intravenosa, solo una pequeñísima cantidad de ella entra en el cerebro, ya que no supera la barrera hematoencefálica. Pero a pesar de ello, la idea más interesante es que se nos está abriendo la puerta al control químico de la bondad. Imaginemos cómo cambiaría todo si controlásemos la química de tal modo que pudiésemos ser generosos o codiciosos tomando una simple pastilla…

La posibilidad a los problemas del Tercer Mundo sería dar a los multimillonarios occidentales una pastillita de “Generosalin” y otra de “Altruismon” y ya está: ¡millones de euros en donaciones a fundaciones benéficas!

¿Y los sistemas penales? Si podemos dirigir a un enemigo una sustancia que le impida completamente hacer daño a cualquiera ¿tendría sentido tenerlo encarcelado? O, y este ejemplo me encanta, ¿y si igualmente pudiésemos controlar la voluntad, la motivación o la capacidad de trabajo? Tenemos un complicado examen de matemáticas y no tenemos ni las más mínimas ganas de ponernos a estudiar. No hay problema, una pastilla de “Motivol” y, de repente, descubrimos que las mates nos encantan y que no hay ninguna forma mejor de acontecer el tiempo que haciendo ejercicios de álgebra.

Genetistas morales: un gen bondadoso y uno guerrillero

Istock 511527453

Otro camino para ascender a la ético está, como no, en la genética. Pero… ¿es que hay genes que tienen poco que ver con ser buenos o malos? Efectivamente es así.

Un clásico problema ético es el propuesto por el recientemente fallecido filósofo anglosajón Derek Parfit. Imaginemos que un tren se dirige a toda velocidad a una separación. En una vía hay tumbada inconsciente una persona, mientras que en la otra hay cinco. En nuestra mano está activar la palanca de desvió y escoger si el tren atropellará a una persona o a cinco ¿Qué elegimos?

Según la perspectiva utilitarista, y, prácticamente de sentido global en este caso, lo corriente es pensar que, siendo necesario, es mejor que muera solo una persona a que mueran cinco. Sin confiscación, no todo el mundo piensa así. Investigaciones demostraron que sujetos que se medicaban con un tipo concreto de antidepresivos (los inhibidores selectivos de recaptación de serotonina) eran más reacios a aceptar que matar a una persona, aunque fuera por liberar a cinco, estaba moralmente justificado.

De nuevo estamos con la química cerebral: moléculas que nos hacen cambiar nuestros juicios morales. Piensen los lectores que toman antidepresivos que las decisiones que han tomado desde que empezaron a medicarse han podido ser diferentes a las que habrían hecho sin tratamiento… ¡Han sido manipulados químicamente!

Basándose en tales estudios, el equipo de la neuropsicóloga de la Universidad de Georgetown Abigail Marsh siguió haciendo experimentos. Se sabía que existen genes encargados de la transmisión de serotonina y que un promotor de uno de esos genes es el responsable que su recaptación en las sinapsis cerebrales. Los individuos con la lectura larga del promotor tienen niveles altos de recaptación, mientras que los que tienen la lectura larga bajos. Marsh se preguntó: ¿tendría esta variación genética el mismo resultado en el dilema del tranvía que con los antidepresivos?

Hicieron el test. Tomaron a 65 voluntarios, 22 con dos copias del promotor prolongado, 30 con una copia de cada uno, y 13 con las dos copias de la forma corta del gen. Entonces los pusieron a realizar diferentes pruebas de decisiones morales similares a las del tranvía.

Los resultados fueron muy concluyentes: cuando se trataba de que nuestra audacia ético haría daño a cualquiera que no lo recibiría si no tomáramos la audacia, las respuestas cambiaron muy significativamente en función del genoma de cada género, exactamente igual que pasaba con los antidepresivos. La conclusión es clara: hay genes que tienen muchísimo que ver con nuestro comportamiento ético.

Según un estudio realizado, más del 50% de los crímenes violentos cometidos en los países desarrollados pueden concebir solo apelando a causas genéticas.

Más polémicas aún fueron las investigaciones con respecto al polimorfismo del gen MAOA. Un famoso estudio publicado en Science en 2002, probó que personas que habían sido maltratadas en su infancia y que presentan una lectura de devaluación actividad de este gen, tienen muchas más probabilidades de presentar conductas agresivas o antisociales que los que no lo portaban.

La idea se reforzó con los estudios en pandilleros realizados por el norteamericano Kevin Beaver. Si portas esa misma variable de devaluación actividad del MAOA tendrás muchísimas más posibilidades de unirte una pandilla callejera; y si ya eres un pandillero y tienes la variable, tendrás muchas más probabilidades de usar un armas de fuego en una pelea violenta.

Y si aún nos quedaba alguna duda, Jari Tiihonen, del Instituto Karolinska en Suecia, analizó el genoma de 895 delincuentes fineses condenados por crímenes violentos. Y de nuevo, allí apareció la variable del MAOA (unido con otro nuevo gen, el CDH13, muy conexo a la hiperactividad) mucho más presente en esos presos que en los del género de control formado por delincuentes condenados por delitos no violentos. La relación entre genes y violencia quedaba ya más que probada, tanto que para Tiihonen más del 50% de los crímenes violentos cometidos en los países desarrollados pueden concebir solo apelando a causas genéticas.

En unos cuantos primaveras los avances científicos harán posible reprogramar nuestro genoma o modificar muy selectivamente nuestra conducta mediante psicofármacos

El tema se hizo aún más incendiario cuando se le dio tintes raciales. Los científicos Rod Lea y Geoffrey Chambers descubrieron que el insigne gen (ya denominado popularmente como “gen guerrero”) estaba muy presente en el pueblo maorí (conocidos no precisamente por ser demasiado pacifistas), concretamente en un 56% de los hombres, mientras que solo se da en un 34% en la raza caucásica ¡Se estaba diciendo que hay razas genéticamente más propensas a la violencia que otras!

Y ya el colmo: el gen se sitúa en el cromosoma X. Como las mujeres tienen dos cromosomas X, es menos probable que la lectura chaqueta del gen sea la dominante, mientras que los hombres, al tener solo un cromosoma X, pueden expresar dicha lectura con más probabilidad. ¡Los hombres son genéticamente más propensos a la violencia que las mujeres! ¿Cómo encajamos esto en la flagrante ideología de carácter? ¿El machismo podría tener bases en los genes? ¿Podría un maltratador defenderse en un razón alegando que tiene este gen?

La ético que viene

Sin duda estamos viviendo un momento de la historia de la humanidad apasionante. En unos cuantos primaveras todos estos avances científicos harán posible reprogramar nuestro genoma o modificar muy selectivamente nuestra conducta mediante psicofármacos. Las consecuencias políticas, sociales o económicas de tales tecnologías supondrán una revolución sin precedentes en la historia de la humanidad (lo cual, dicho sea de paso, dificulta mucho cualquier pronóstico).

¿Seremos, al fin, capaces de construir una sociedad ideal, tantas veces soñada por los pensadores utópicos, en la que no exista la pleito ni la violencia? ¿Lo conseguiremos diseñando genéticamente seres humanos bondadosos? Es complicado saberlo, pero el caso es que en el interior de poco tendremos, al menos, las herramientas tecnológicas necesarias para conseguirlo. Veremos qué ocurre y si el ser humano, por una vez en la historia, está a la cúspide de los tiempos.

450 1000

Sobre Santiago Sánchez-Migallón: Profesor de Filosofía atrapado en un caracolillo: construir una mente industrial, a la vez que construye la suya propia. Fracasó en los dos proyectos, pero como el caracolillo está programado para detenerse solo cuando dé un resultado positivo, allí sigue, iteración tras iteración. Quizá no llegue a ningún costado, pero dice que el camino está siendo fascinante. Darwinista, laplaciano y criptoateo, se especializó en Filosofía de la Inteligencia Artificial, neurociencias y Filosofía de la Biología. Es por ello que algunos lo caracterizan de filósofo ciberpunk, aunque esa fórmula le parece poco pueril. Adora a Turing y a Wittgenstein y, en normal, detesta a los postmodernos. Es el dueño del Blog La Máquina de Von Neumann y colabora asiduamente en Hypérbole y en La Nueva Ilustración Evolucionista.

Fotos | iStock, Big Think


Source link

deja tu opinion

Seguinos

Tecnoblog en las redes sociales