Las gafas con cristales especiales para ordenador valen 100 euros más, pero ¿sirven realmente de algo?

Me siento en el borde de la cama, me libre las antiparras y me paso los dedos por los párpados cerrados. 150 primaveras, pero 150 primaveras cada uno. Si algún me preguntara acoplado en ese momento del día que qué existencia tienen mis fanales, esa sería mi respuesta.

Y la pecado es mía: me paso la vida frente a la pantalla de un ordenador. Leyendo, redactando, viendo vídeos o contestando emails. Y cuando por fin apago el portátil, otras mil pantallas (el móvil, la tele, la tablet, las antiparras de VR…) me persiguen allá por donde voy.

“La era de la hiperconexión”, la llaman. No me creeréis, pero lo peor, lo peorcísimo, no es cobrar una notificación a la una de la mañana diciendo que hay poco que me dejé por hacer. Ni los doce minutos de publicidad, ni que me falten tres monedas para acaecer el futuro nivel de un videojuego. Lo peor son los fanales.

Mal de muchos, consuelo de fanales

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Por lo que he podido examinar, en esto no soy un bicho raro. Y no me extraña: según un estudio de Ipsos del año pasado, seis de cada diez personas pasan más de cinco horas al día frente a pantallas de algún tipo. Los más sensacionalistas llevan tiendo hablando de una “epidemia del síndrome visual informático”.

Todo esto hace que un par de veces al año teclee en Google poco parecido a “¿Por qué a 2017 nadie ha enemigo una maldita posibilidad a lo de los fanales?”. Y las respuestas siempre son una mezcla de charlatanería, fraudes y la cruda sinceridad: que no, todavía nadie ha enemigo esa posibilidad.

O no la habían enemigo la última vez que lo busqué: recientemente, cuando te acercas a la óptica a por unas antiparras, no es raro que te ofrezcan unas “gafas de ordenador”. Teóricamente, según me explican en una óptica del centro de Madrid, las “gafas de ordenador” disponen de unas gafas específicamente diseñadas para solucionar todos mis problemas.

Unas antiparras para verlos a todos

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Ese momento en que tratan de entregar “algo bueno para tus ojos”, pero no está claro por qué lo es

Le consulto por los detalles, claro. Muchos detalles. Al fin y al lengua, soy un periodista estudiado al que le tratan de entregar un producto milagroso: es afirmar, estoy curado de espanto.

Pregunto, pero la verdad es que no obtengo grandes respuestas: que si “protegen mejor el ojo”, que si “son mucho más cómodas”, que si se alcahuetería de “unos filtros especiales que reducen la radiación”. Uy, radiación. “¿Radiación?”, le vuelvo a preguntar. Yo sé que las pantallas emiten radiaciones, claro. Pero no sabía que, como me explican muy convencidos, “sí, las pantallas emiten radiaciones que acaban afectando al ojo“.

Entre mis archivos, aún conservo una vieja entrevista a Luis Fernández Vega, que en aquellos tiempos era presidente de la Sociedad Española de Oftalmología, en la que decía “esa idea de que las pantallas de los dispositivos electrónicos dañan la visión está muy extendida, pero no tiene colchoneta científica“.

No hay ningún indicio de que la luz cerúleo cause algún tipo de degeneración macular

Desde la Sociedad, me confirman que ese es el consenso estudiado presente: que sepamos, no hay falta nocivo en las radiaciones que emiten los dispositivos.

Y me remiten a un documentación que dice, textualmente “al no existir estudios científicos en humanos de que la luz cerúleo visible sea la causante de la degeneración macular y que los filtros para smartphones y tablets eviten la misma, no recomiendan el empleo de tales filtros en dichos dispositivos”. Entonces, la pregunta es obvia, ¿por qué nos duelen los fanales?

Un pequeño rodeo sobre el dolor de fanales

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Desde el Servicio de Oftalmología de Basurto en Bilbao nos dicen que hay dos motivos fundamentales: “el cansancio y la sequedad oculares”. En universal, el hecho de tener que estar enfocando constantemente a media distancia hace que el ojo se canse.

O, bueno, por ser más concretos. Ahí, aunque suele acaecer desapercibido, hay un músculo y como todos los músculos acaba cansándose. Además, al cansancio hay que sumarle el hecho de que los fanales se secan.

Cuando miramos poco con atención, cuando leemos, vemos vídeos o escudriñamos el sudoku del viernes, tendemos a parpadear menos. Eso hace que los fanales se resequen y que acabe pareciendo que tienen 150 primaveras. Está aceptablemente, todo correcto, esto ya lo sabíamos. ¿Qué papel juegan las dichosas antiparras en esto?

Entonces, ¿Qué papel juegan las antiparras?

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Ninguno. Sí, soy consciente de que suena musculoso y tajante. Excesivo, quizás. Y, sin retención, las antiparras (como coinciden todos los oftalmólogos con los que hemos hablado) no presentan ningún beneficio para los problemas que sufrimos y asociamos a acaecer mucho tiempo delante del ordenador.

No ayudan con los dolores de comienzo, ni con el picor de fanales. No evitan el lagrimeo, la sequedad o la penuria óptico. Y no lo son porque no existe ningún ‘síndrome del ordenador’, lo que existe son fanales que se irritan y se cansan.

Hace unos meses, Business Insider probó gafas de este tipo y en universal los resultados no se diferencian demasiado de los esperables por el único huella placebo. Las antiparras, como los filtros de hace unos años, no parecen más que otra extensión del negocio del miedo.

El ordenador no es nocivo para el ojo

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Las antiparras son inútiles porque, en fin, “el ordenador no es nocivo para el ojo”. Eso llevan años repitiendo desde la Sociedad Española de Oftalmología. Lo que son nocivos son los hábitos de trabajo.

Es una de las paradojas de la vida moderna. Gastamos metálico en antiparras sin utilidad para no situar las pantallas entre 50 y 70 centímetros de distancia; para no colocarlas tenuemente más debajo que nuestros fanales y que, de esta forma, el mundo óptico sufra menos.

También lo gastamos para no tener que cuidar la iluminación (cuanto más parecida a la iluminación natural, el ojo tendrá que hacer un pequeño esfuerzo para ajustar la pantalla), para no parpadear, para indultar la inspección de la pantalla de vez en cuando. Gastamos metálico en antiparras que no sirven para no hacer lo que sí funciona: cuidarnos. Va a ser verdad que lo esencial es invisibles a los fanales. Aunque usemos antiparras.

Imágenes | Kamil Porembiński


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