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la teoría de la evolución

La teoría de la proceso por selección natural propuesta por Charles Darwin en El Origen de las especies es una de las teorías más revolucionarias de la historia, tanto, que más de un siglo a posteriori de ser propuesta, aún suscita polémicas y arduos debates y, a pesar de su llamativo simplicidad, todavía no la hemos comprendido en todas sus dimensiones.

No es casualidad que el filósofo norteamericano Daniel Dennett titulara una de sus obras La peligrosa idea de Darwin, haciendo hincapié en esta idea. Vamos a acercarnos a su historia.

El siglo XIX en el banco de los malos

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A principios del siglo XIX dominaba todavía en la recién nacida biología dos teorías acerca de la proceso de las especies: el fijismo y el catastrofismo (ambas resumidas en el creacionismo). La primera, firmemente representada por el prestigioso naturista sueco Karl Von Linneo, sostenía lo que se había pensado desde el eclosión de los tiempos (lo que ya pensaban Aristóteles, Teofrasto o Plinio): las especies han permanecido inmutables, fijas, desde siempre. No hay proceso de ningún tipo. Desde que Dios creó a los caballos, una potranca siempre ha parido caballos, y aunque unos caballos pueden desemejar unos de otros, nunca lo suficiente para que la potranca dé a luz a otra especie diferente.

Es cotilla el caso de que Linneo, en su obra fundamental, su Systema naturae (1735), ya catalogaba al hombre entre las demás especies de animales. Va a ser el primero en dialogar de homo sapiens y de ubicarnos entre los demás primates. Al hacerlo, sin querer, va a inaugurar el fructífero debate acerca del origen biológico del hombre. Sin retención, su postura fue siempre muy clara: el hombre ha sido creado a imagen y referencia de Dios, no ha evolucionado de ninguna otra criatura previa. Nunca pensó que las similitudes entre hombres y monos, significaban la proceso desde un antiguo global.

Es más, Linneo va a ser pionero a la hora de clasificar las especies. Antes de él, los animales y las plantas se catalogaban en función de su zona geográfica o de su utilidad, por ejemplo, culinaria o farmacológica. Linneo clasificará las plantas por sus mecanismos de polinización y fructificación y, al hacerlo, establecerá parentescos evolutivos entre plantas (verá que hay plantas con mecanismos similares porque han evolucionado unas de otras). No obstante, aquí no verá pista alguno de proceso, sino solo la magnificencia de la mente de Dios al favor diseñado a sus criaturas siguiendo unos determinados planes. Una disgusto, estaba muy cerca.

Linneo, en su obra fundamental, Systema naturae (1735), ya catalogaba al hombre entre las demás especies de animales. Va a ser el primero en dialogar de homo sapiens y de ubicarnos entre los demás primates

La segunda teoría era el catastrofismo, egregiamente representado por Georges Cuvier, grandísimo paleontólogo, fundador de la espécimen comparada y uno de los hombres más brillantes de su época.

Cuando el registro fósil empezó a agrandarse (fueron proliferando las excavaciones y se iban encontrando más y más especies), pronto se encontraron muchísimos fósiles de seres extintos ¿Qué razón habría para ello? ¿Por qué Dios habría creado especies si luego las iba a extinguir? El catastrofismo sostenía que durante la historia geológica de la Tierra habían ocurrido multitud de catástrofes (como acertadamente narra la Biblia con el diluvio universal) que habían producido extinciones masivas. La Biblia está llena de grandes siniestros y cataclismos, por lo que el catastrofismo no solo mantenía el fijismo, sino que lo hacía, si junto a, más cristiano aún.

Pero pronto apareció otro problema con los fósiles: en estratos recientes aparecían especies que no estaban en estratos más antiguos, es proponer, que habían aparecido después. Si Dios había creado el Cosmos de una vez… ¿de dónde salían esos organismos? Aquí Cuvier se basó en una nueva formulación del catastrofismo ya elaborada por el suizo Louis Agassiz: la teoría de las creaciones sucesivas. Dios había repoblado periódicamente la Tierra creando nuevas tandas de especies. El relato del Comienzo lo corroboraba: Dios no creó todo de una vez, sino que eran seis días de creaciones sucesivas. El registro fósil no hacía más que confirmar la Biblia.

El siglo XIX en el banco de los buenos

Hires

Al contrario de lo que cree mucha multitud, la teoría de la proceso existía mucho antaño que Darwin (Incluso algunos griegos habían especulado ya con ella). Su mismo anciano, Erasmus Darwin, había defendido ya la idea. Otros, como Buffon, habían especulado con ideas similares, si acertadamente, las exponían solo a modo de hipótesis o conjetura. Sin retención, durante toda la época ilustrada hasta comienzos del XIX, no había nulo sólido, ni una teoría acertadamente pergeñada ni datos empíricos que la respaldasen.

El primer gran defensor de la proceso va a ser Jean-Baptiste Pierre Antoine de Monet Chevalier de Lamarck (molan los pomposos nombres de la indulgencia francesa). Lamarck publica en 1809 su Philosophie Zoologique, obra que situará la teoría de la proceso en el interior de la ciencia moderna.

En ella no solo se critica con rotundidad al fijismo y al catastrofismo de Cuvier, sosteniéndose la proceso sino que, por primera vez, se va a proponer un mecanismo evolutivo, se va a intentar explicar cómo evolucionan las especies: serán las leyes de Lamarck que todos hemos estudiado en el instituto, a conocer, que el uso desarrolla el víscera y el desuso lo atrofia, y que los caracteres adquiridos en vida son heredados por la futuro coexistentes.

Siempre se usa el ejemplo de la jirafa para explicar esto, así que, por fastidiar, voy a utilizar otro diferente. Pensemos en el momento de la historia biológica en el que los peces conquistan la Tierra. Viajamos en el tiempo hasta hace unos 375 millones de abriles. Nos vamos al Devónico. Desde su descubrimiento en 2004, se considera al Tiktaalik como el “eslabón perdido” entre peces como el Panderichthys y tetrápodos (animales con cuatro patas) como el Ichthyostega, es proponer, será una de las especies que salga de las profundidades de los mares para cavar en tierra firme.

Si observamos su morfología vemos que es un pez con cierto céfiro de cocodrilo, pero lo más interesante es que es una mezcla de pez y cuadrúpedo: tiene branquias pero incluso tiene pulmones, puede mover su cuello (ningún pez puede hacerlo) y si nos fijamos en sus extremidades son aletas pero… ¡tienen hombros, codos y muñecas! Son aletas que incluso sirven para caminar.

1280px Tiktaalik Roseae Life Restor Tiktaalik, considerado como el “eslabón perdido” entre peces y animales terrestres

¿Cómo explicaría Lamarck tan extraña fisionomía? Primero tendríamos peces carnívoros viviendo en aguas superficiales. Muchas presas se encontrarían en la orilla por lo que, a veces, convendría dar pequeños saltos para cavar un poco en tierra firme. Así, tales peces fueron desarrollando unos pulmones que, cada vez, les permitieran producirse más tiempo fuera del agua, así como unas articulaciones y, en común, una estructura ósea más apta para aventurarse en el mundo sólido. Su descendencia heredó estos nuevos desarrollos dando ocupación a una nueva especie mucho mejor adaptada que la previo al ecosistema.

La explicación parece convincente, y de hecho suele serlo más que la explicación darwiniana. Cuando en clase hablo de Lamarck y de Darwin, los alumnos aceptan cómodamente el primero pero tienen serias dudas del segundo. Les cuesta entender cómo es posible que Lamarck estuviera erróneo y fuese Darwin el que, finalmente, tuviera razón.

Y es que el darwinismo es muy poco intuitivo, tanto, que el propio Darwin murió siendo lamarckista (y es que no hay contradicción llamativo entre ambas teorías) e, incluso intentó explicar la herencia de los caracteres aprendidos con su fantasiosa teoría de la pangénesis. Sin retención, Lamarck estaba erróneo: no es el uso continuado el que hace que se desarrolle un víscera ni el desuso lo atrofia hasta su desaparición. Ni siquiera los caracteres adquiridos en vida son heredados por los descendientes. Es una pena porque sería maravilloso.

Imagine el disertador lo excelente que sería que si uno viene de una grupo que ha practicado culturismo durante varias generaciones, ya nacería musculoso o con mucha facilidad para desarrollar los músculos. O imagine de una grupo de artistas o de matemáticos… Pero no, tal y como demostró August Weismann, el postrer gran darwinista del siglo XIX, lo que aprendieron tus ancestros se perdió con su fallecimiento.

Lamarck estaba erróneo: no es el uso continuado el que hace que se desarrolle un víscera ni el desuso lo atrofia hasta su desaparición

Una de las carencias del lamarckismo era que carecía de pulvínulo positivo, por lo que había que probarlo y eso parecía sobrado sencillo: si cortas el rabo a varias generaciones de ratas, según Lamarck, tenderían a ir naciendo ratas con el rabo progresivamente más corto. Weismann lo probó y, lógicamente, observó que esto no ocurría. El lamarckismo quedaba refutado.

No obstante, la teoría de Lamarck tuvo muchos méritos. En primer ocupación expuso una teoría puramente mecanicista de la vida y de la proceso. Para Lamarck, los organismos son materia estructurada de una determinada modo y no hay ninguna energía o fuerza optimista “mágica” que insufle vida a la materia inerte o que guíe el proceso evolutivo.

Y, en segundo ocupación, ofrece por primera vez un mecanismo evolutivo que, aun siendo infundado, ya palabra de adaptaciones al medio o de la importancia del ecosistema a la hora de conformar la fisiología de los organismos. Lamarck fue un magnífico predecesor de Darwin, como acertadamente reconoció en múltiples ocasiones el inglés.

Hágase la luz: Sir Charles Darwin y Alfred Russel Wallace

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Más de vigésimo abriles a posteriori de su mítico delirio en el HSM Beagle, Charles Darwin publicó El origen de las especies. Y es que Darwin era un hombre sobrado prudente al que no le gustaba demasiado la polémica ni la notoriedad pública, consecuencia evidente de la publicación de una obra tan explosiva para su época (y todavía para la nuestra).

Fue cuando otro naturista, el incluso inglés Alfred Russel Wallace, le envió una carta en la que le exponía una teoría muy similar a la suya, cuando Darwin se apresuró a transmitir el texto temiendo que la posteridad reconociera solo a Wallace como creador de la teoría. En un aspaviento de indulgencia, a Wallace nunca le importó que la longevo parte del mérito se lo llevara Darwin.

El texto fue todo un éxito editorial para ser un texto investigador (invito a echarle una ojeada. Es un azulejo sobrado monótono) y la polémica explotó por doquier. Amigos y colegas naturalistas de Darwin, pronto condenaron rotundamente la obra, desatándose un candoroso debate por todo el continente.

¿Qué tenía la obra de Darwin para ser tan polémica? Si habíamos dicho que la teoría de Lamarck carecía de pruebas suficientes (de hecho por eso la longevo parte de los naturalistas seguían siendo fijistas y catastrofistas a pesar de ella), Darwin expone en El origen de las especies una gran hilera de evidencias procedentes encima de diversos campos: cría químico, embriología, espécimen comparada, paleontología… Desde ese momento la teoría de la proceso dejaba de ser una mera conjetura más o menos descabellada, para ser una teoría científica en pleno derecho. Rebatirla requeriría ahora mucho más esfuerzo.

Y en segundo ocupación, y esto es lo propiamente flamante de Darwin, expone un nuevo mecanismo evolutivo: la selección natural, la que, como explicábamos antaño, aunque es muy sencilla resulta muy poco intuitiva como explicación de la proceso.

La selección natural darwiniana es ateleológica, es proponer, funciona ciegamente, sin seguir ningún plan ni plan prefijado. La consecuencia razonamiento más polémica es que el hombre está aquí por casualidad

Darwin subraya que todas las especies tienen un número longevo de crías que las que pueden sobrevivir. Pensemos en las moscas. Una mosca global (Musca domestica) pone unos 120 huevos. Si convenimos en que cada mosca solo vive una coexistentes y que la parte de los huevos darán machos, en seis generaciones tendríamos más de noventa y tres mil millones de moscas… Si todas sobrevivieran, en unas semanas el planeta estaría absolutamente invadido… Evidentemente, la mayoría de ellas mueren conveniente a múltiples causas (desatiendo de alimento, depredación, inclemencias climáticas, etc.) pero, ¿cuáles mueren y cuáles no?

Imaginemos a un predecesor del Tiktaalik. Como buen pez pone huevos y no todas las crías que de ellos salen pueden sobrevivir, al menos, el tiempo suficiente para reproducirse. Las crías no serán todas iguales: unas serán un poquito más grandes, otras un poquito más robustas, otras tendrán tal o cual hueso un poquito más holgado o más corto, tal o cual músculo, tal o cual víscera interno… El caso es que es posible que uno de esos rasgos les otorgue cierta probabilidad más de supervivencia que a sus hermanas. Así, la cría que nazca con una de esas pequeñas variaciones estará mejor adaptada al entorno, será más apta.

Pongamos que tenemos un pez que nace con un poco más de capacidad pulmonar que sus congéneres. Con esa longevo capacidad puede sujetar más tiempo fuera del agua, por lo que puede cavar más en la tierra y cazar presas que los otros peces no pueden cazar. Su longevo capacidad pulmonar será una habilitación al medio que aumentará sus posibilidades de supervivencia.

Además, esta nueva capacidad se hereda y sus crías nacerán con ella. Darwin afirmará que, por acumulación escalonado de pequeñas variaciones, las siguientes generaciones se irán pareciendo cada vez menos a sus ancestros, llegando un momento en el que constituyan una nueva especie (cuando si juntáramos a dos especímenes no puedan dar descendencia).

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Así contado parece muy sencillo, ¿por qué es poco intuitivo? Piense el disertador en que, en el fondo, lo que estamos diciendo es que, por ejemplo, poco tan sumamente enrevesado como es un ser humano (billones de células perfectamente sincronizadas) es el fruto de una serie de pequeños errores de réplica en nuestras cadenas de ADN (mutaciones), los cuales, a pesar de que en más del 99% de los casos son nocivos (o inútiles), alguna vez sirven para aumentar las probabilidades de supervivencia o reproducción del organismo. Somos un error tras de otro operando durante eones de tiempo.

El teólogo inglés William Paley se preguntaba cómo era posible que poco tan sofisticado como un ojo humano ha podido surgir sin un plan previo, sin un diseñador que lo planificara. Eso sería como si nos encontrásemos un temporalizador en el desierto, y pensáramos que se ha formado espontáneamente, por la movimiento aleatoria de los agentes atmosféricos. Es enrevesado hacerse a la idea de que Darwin tenía razón.

Vale, ¿y qué tiene esto de polémico fuera del ámbito investigador? Muchísimo, pero vamos a centrarnos en un par de ideas: primero, la teoría de la proceso contradice los textos bíblicos. En el Comienzo se narra claramente que Dios crea el mundo en seis días y a distintos grupos de animales en varias tandas sin que exista ningún tipo de transformación de unas especies a otras. Es por ello que las diferentes iglesias mostraron rápidamente su total rechazo a las ideas darwinianas.

Darwin afirmaba que, por acumulación escalonado de pequeñas variaciones, las siguientes generaciones se irán pareciendo cada vez menos a sus ancestros, llegando un momento en el que constituyan una nueva especie

En Inglaterra, el prelado anglicano de Oxford y miembro de la Royal Society, Samuel Wilberforce, fue uno de sus más tenaces opositores. Es archiconocido el duelo dialéctico que mantuvo con el gran defensor de Darwin del momento, Thomas Henry Huxley, en un debate en la Universidad de Oxford en 1860. Siempre se cuenta que Wilberforce, con muy mala uva, le preguntó a Huxley si era descendiente del simio por parte de su padre o de su principio.

Y segundo: la selección natural darwiniana es ateleológica, es proponer, funciona ciegamente, sin seguir ningún plan ni plan prefijado. La consecuencia razonamiento más polémica es que el hombre está aquí por casualidad, no porque ningún Dios tuviera intención de que apareciera.

Si rebobináramos la historia de la vida como si de una cinta de VHS se tratara y le diésemos de nuevo al play, lo que veríamos sería muy diferente a nuestro mundo, apareciendo especies completamente diferentes a las actuales y, con casi total seguridad, sin que el ser humano apareciera entre ellas.

Tal y como ya nos dijo Copérnico siglos antaño, no somos el centro del Universo, nuestro planeta es un punto insignificante en un cosmos inmenso. Ahora Darwin nos decía que no somos una especie privilegiada ni, esencialmente, diferente a las demás. Y para más chiste nuestros parientes evolutivos más cercanos eran los primates. Demasiadas cosas que aceptar para el siempre inseguro pero obstinado orgullo humano.

Darwinismo frente a Creacionismo: el acalorado debate coetáneo

A principios del XX, el debate investigador estaba en cómo casar (o no) las teorías de Darwin con las recién descubiertas teorías de Mendel. El asunto terminó cuando en 1918, Ronald Aylmer Fisher probó matemáticamente el consumado engranaje entre la selección natural y la genética mendeliana. Así nacía la teoría sintética de la proceso o el neodarwinismo o, dicho de otra modo, la columna vertebral de toda la biología contemporánea.

Definitivamente, Darwin había conquistado la comunidad científica. Ningún hombre de ciencia en su sano querella debería poner en duda la teoría de la proceso… ¿Seguro? Para acertadamente o para mal, vivimos en un mundo en el que cualquier cosa es posible.

William Jennings Bryan 1860 1925 William Jennings Bryan, uno de los mayores detractores del darwinismo

En los muy cristianos Estados Unidos de América, se vio este avance de la credibilidad del darwinismo, desde ciertos sectores religiosos y políticos, como una amenaza. Así, el político William Jennings Bryan, un abogado presbiteriano del partido demócrata que fue candidato a la presidencia en tres ocasiones (y las tres perdió), pero que llegó a ser Secretario de Estado con Woodrow Wilson, pronunció en 1921 un notorio discurso titulado “La amenaza del darwinismo”, en donde alertaba a los jóvenes norteamericanos de los peligros de la teoría evolutiva para la fe cristiana, e incluso la culpaba de estar detrás de los estragos causados por la Primera Guerra Mundial recién terminada.

Debido a su influencia, en muchos estados comenzaron a debatirse leyes antievolucionistas y, en otros, se implantaron. En Tennessee, Mississippi y Arkansas se prohibió la enseñanza de la proceso en escuelas públicas, lo cual desembocó en 1925 en el tristemente notorio Scopes monkey trial (El juicio del mono), cuando en Dayton (Tennessee) se acusó al profesor de secundaria de 24 abriles John Scopes de enseñar ilegalmente el evolucionismo.

El fiscal, no pudo ser otro que el mismo Bryan y, al final, se condenó a Scopes culpable, teniendo de enriquecer una multa simbólica de 100 dólares. A pesar de que todo fue sobrado teatral (de hecho se hizo una obra de teatro y varias películas sobre el querella) y un medio de los empresarios locales para promocionar la finanzas de la pequeña Dayton (que, por aquel entonces tenía poco menos de dos mil habitantes), fue un tanto para los antievolucionistas que sembró precedente y justicia.

Sin retención, en el plano investigador, el darwinismo seguía cosechando triunfos a partir de figuras tan brillantes como Haldane, Sewall Wright (quienes adyacente a Fisher desarrollaron la genética de poblaciones) o el ucraniano Dobzhansky, notorio por su frase: “Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”. El culmen del éxito llegó cuando Watson y Crick descubrieron en 1953 la estructura del ADN. Ya no tenía ningún sentido explicar biología sin hacer mención a Darwin, por lo que, al final, las leyes antievolucionistas terminaron por declararse anticonstitucionales en 1968.

El fundamentalismo religioso necesitaba un nuevo impulso, y el licencia de Bryan lo va a tomar el ingeniero hidráulico Henry Madison Morris, quien, en 1970, manguita el Institute for Creation Research y publica múltiples obras de corte creacionista (la más famosa quizá es The Genesis Flood de 1961, en donde intenta dar fiabilidad científica al mito del Arca de Noé).

El culmen del éxito llegó cuando Watson y Crick descubrieron en 1953 la estructura del ADN. Ya no tenía ningún sentido explicar biología sin hacer mención a Darwin

El caso es que el creacionismo renace y se consigue que en 27 estados se equilibre la enseñanza de la proceso con la “ciencia del génesis”. Los profesores de biología estaban obligados a explicar la proceso biológica y el Comienzo bíblico como dos teorías alternativas en igualdad de condiciones. Surrealista.

No obstante, Morris no consiguió convencer a la comunidad científica y, gradualmente, fue incluso perdiendo ámbito en el ámbito constitucional. En 1982 en Arkansas y en 1987 en Louisiana, se declaró que enseñar proceso y relato bíblico en igualdad de condiciones era inconstitucional y, en común, inadecuado para una correcta educación científica. A partir de ese momento, todos los juicios ocurridos (1990, 1994, 97, 2000… aquí os dejo un enlace con la lista detallada) han legado la razón de una u otra modo al evolucionismo.

Un nuevo disfraz: el diseño inteligente

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Después de las progresivas derrotas en ámbitos jurídicos y educativos, el creacionismo cambió de organización, intentando transformarse en poco más investigador. Si no puedes con tu enemigo, únete a él. Es la popular teoría del diseño inteligente.

El asunto comenzó con la publicación de diversas críticas al neodarwinismo desde ámbitos pretendidamente científicos. Quizá sean precedentes las obras The mistery of life’s origin (1984) de Thaxton, Bradley y Olson, o The evolution: a theory in crisis (1985) del bioquímico Michael Denton.

La figura de este momento fue Phillip E. Johnson, prestigioso abogado y profesor emérito en la Universidad de California en Berkeley, que se hizo notorio por su billete, al parecer brillante, en un debate celebrado en Weston (Massachusetts) en donde se citaron muchas de las figuras más importantes de entreambos bandos.

A pesar de que el creacionismo haya querido pescar una apariencia más científica, su rechazo por la propia comunidad científica sigue siendo coincidente

Por el de los evolucionistas asistió el, incluso muy celebre paleontólogo, Stephen Jay Gould, uno de los grandes divulgadores de la proceso. Ignoramos cómo se resolvería el debate, pero animó a nuevos creacionistas a unirse a la militancia. Es el caso del bioquímico Michael Behe o el filósofo William A. Dembski.

Johnson publicó en 1991 Darwin on trial, quizá la obra más representativa del neocreacionismo coetáneo. En común, en ella se subrayan las lagunas científicas que el darwinismo todavía tiene y se critica el fisiatría filosófico (postura que afirma grosso modo que solo hay que agenciárselas causas naturales a los fenómenos, nunca causas sobrenaturales, es proponer, que nunca hay que apelar a dioses, espíritus, fantasmas y cosas por el estilo) al que acusa de irreligioso y de profundamente infundado, ya que si partes de antemano de que ninguna explicación sobrenatural es válida, niegas a Dios desde el principio y nunca podrás mostrar su existencia.

El caso es que, a pesar de que el creacionismo haya querido pescar una apariencia más científica, su rechazo por la propia comunidad científica sigue siendo coincidente. La teoría de la proceso o el darwinismo, como toda gran teoría científica que pretende cubrir un gran perico de fenómenos, tiene problemas y lagunas por resolver, pero eso no justifica que la rechacemos o, peor aún, que demos validez científica a la Biblia.

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Paradójicamente, El origen de las especies no explicaba, para nulo, el mismo origen de la vida, tema que, a día de hoy sigue siendo sobrado misterioso (Hay hipótesis para todos los gustos. Incluso se palabra de un posible origen extraterrestre). Otro tema peliagudo ha sido el del gradualismo.

Darwin afirmaba que las especies evolucionaban pasito a pasito a pulvínulo de pequeñas variaciones, pero el registro fósil no parece mostrar que se haya legado un cambio progresivo y escalonado, sino largos periodos de estancamiento en el que no hay prácticamente cambios, interrumpidos por periodos cortos de cambios abruptos. Jay Gould y Niles Eldredge llamaron la atención sobre este hecho con su célebre teoría del equilibrio puntuado.

Otros problemas serían la explicación del surgimiento de la célula eucariota para el que la teoría más aceptada, la endosimbiosis serial de Lynn Margulis, puede no encajar muy acertadamente con el darwinismo; incluso está el tema del neutralismo o la deriva génica de Kimura (que quita mucha importancia a la selección natural en el proceso evolutivo), el de la trasmisión horizontal de genes (que rompe la tradicional visión derecho), o el de ciertas nuevas investigaciones novedosas que parecen despertar cierta visión neolamarckista. Una obra donde podemos encontrar una visión muy completa de toda esta problemática es en Los retos actuales del darwinismo de Juan Moreno.

No obstante, parece que, en común, no hay razones suficientes para descartar el darwinismo. La mayoría de los autores piensan que gran parte de sus problemas pueden afrontarse perfectamente y, en el peor de los casos, el darwinismo podría matizarse o completarse con otras teorías, pero nunca descuidarse.

No hay razones suficientes para descartar el darwinismo. La mayoría de los autores piensan que gran parte de sus problemas pueden afrontarse perfectamente y, en el peor de los casos, el darwinismo podría matizarse o completarse con otras teorías

Es más, todos estos problemas deberían incitarnos a profundizar aún más en él.
Pero, a lo que bajo ningún concepto puede renunciarse es a la misma proceso. El darwinismo puede entenderse como una teoría acerca de cómo funciona la proceso y, como tal, puede ser correcto o incorrecto, pero la proceso es, a todas luces, un hecho. Ni el más brillante y convincente defensor del creacionismo debería poder persuadirnos de que la proceso no ha sucedido.

¿Qué deberíamos encontrar para demostrar que la proceso es falsa? El Museo de Historia Natural de Washington D.C. es el más espacioso del mundo en lo que a paleontología se refiere, albergando más de cuarenta millones de fósiles. Una prueba que refutaría la proceso sería encontrar entre todos esos huesos los de especies que, por sus características, no pudiesen pertenecer al periodo en el que aparecen.

Por ejemplo, si encontrásemos el exoesqueleto de un heroína en pleno devónico o un tiranosaurio en el precámbrico, sencillamente eso, serían pruebas que refutarían la proceso. Sin retención, en los cuarenta millones de fósiles del museo no hay nulo parecido. Tenemos entonces cuarenta millones de pruebas a patrocinio… ¿no es suficiente para confesar la proceso como un hecho?

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Sobre Santiago Sánchez-Migallón Profesor de Filosofía atrapado en un tirabuzón: construir una mente químico, a la vez que construye la suya propia. Fracasó en entreambos proyectos, pero como el tirabuzón está programado para detenerse solo cuando dé un resultado positivo, allí sigue, iteración tras iteración. Quizá no llegue a ningún banda, pero dice que el camino está siendo fascinante. Darwinista, laplaciano y criptoateo, se especializó en Filosofía de la Inteligencia Artificial, neurociencias y Filosofía de la Biología. Es por ello que algunos lo caracterizan de filósofo ciberpunk, aunque esa inscripción le parece poco inmaduro. Adora a Turing y a Wittgenstein y, en común, detesta a los postmodernos. Es el dueño del Blog La Máquina de Von Neumann y colabora asiduamente en Hypérbole y en La Nueva Ilustración Evolucionista.

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