Cuando el racismo se encuentra con la genética y se lleva una sorpresa

Cuidado con lo que preguntas porque es posible que no te gusten las respuestas. Este antiguo dicho está causando estragos entre todos aquellos que tienen una identidad muy vinculada a su raza o a sus orígenes nacionales.

Con la popularización de los tests genéticos baratos, muchas personas obsesionadas con la pureza de la raza los vieron como la forma idea de demostrar su pedigrí étnico. El problema es que los resultados no siempre son “tan buenos” como esperaban.

¡Esos no son mis genes!

Hace exactamente un año, Euny Hong publicó un artículo en Quartz titulado “23andme tiene un problema cuando se trata de la ascendencia de personas de color“. Hong se había hecho un test hereditario porque sospechaba que podía ser parcialmente descendiente de algún comerciante medieval de Oriente Medio que se quedó en Corea, de donde su comunidad es oriunda.

Según el observación Hong solo era un 61,6% coreana. El resto se repartía entre 14% de ascendencia china y un 13,4% de ascendencia japonesa. Y, para rematarlo, no encontró señales provenientes de Oriente Medio. Aquello no le sentó perfectamente a la periodista coreana.

Y, consecuentemente, siquiera esperaba que le sentara perfectamente a sus padres, pero se equivocó: “mis padres no se asustaron, ni entraron en una divertida discusión sobre cuál de sus antepasados ​​era el ho. Porque simplemente no creyeron los datos“.

El artículo generó un largo y ruidoso debate sobre si esas empresas estaban haciendo un buen trabajo. Pero yo, mientras se iba desarrollando la discusión, no dejaba de pensar en lo mismo: ¿qué hubiera pasado si el test le hubiera donado la razón?

Contra las pruebas genéticas

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Y la respuesta me temo que es que mínimo o muy poco. Es una de las conclusiones más interesantes de la investigación que están llevando a cabo dos sociólogos (Aaron Panofsky y Joan Donovan) para analizar el impacto de estas nuevas pruebas en colectivos de corte supremacista blanco y que nos contaba Eric Boodman en Stat.

¿Cómo reaccionarían los grupos supremacistas en presencia de miembros “no tan blancos” como cabría esperar?

La cuestión es muy interesante: ¿Cómo reaccionan los grupos supremacistas en presencia de sorpresas como la de la Euny Hong? ¿Expulsan a los miembros que no son (bajo su criterio) “realmente blancos”?

Para investigarlo, los sociólogos usaron Stormfront, un foro supremacista que lleva en pie desde mediados de los 90 y que reúne más de 12 millones de entradas y un histórico de 300.000 miembros. Entre ese paralización de información buscaron todo aquello que tenía que ver con las pruebas de ADN, los haplotipos o las empresas que se dedican a realizar este tipo de observación. Después, analizaron, ordenaron y categorizaron los mensajes.

Si la ciencia entra en conflicto con las creencias, lo más probable es que la ciencia salga perdiendo

Descubrieron que, aproximadamente, un tercio de las personas que se realizaban las pruebas estaban satisfechas con lo que encontraron. El resto, bueno, estaban congruo disgustados.

Pero lo más interesante es que descubrir que su pasado no era tan “puro” como habían reivindicado no tenía ninguna consecuencia. Al contrario, Panofsky y Donovan han constatado que lo que suele ocurrir es que las comunidades online comenzaban a impugnar la validez de la prueba. Justo como los padres de Hong.

Estamos, primero, en presencia de un caso guay para estudiar a tiempo vivo como el conflicto entre nuestras creencias y la ciencia se resuelve “abrumadoramente” en auxilio de nuestra creencias. Y segundo, en presencia de una oportunidad de ver cómo grupos de este tipo se están viendo obligados a redefinir la idea de ‘raza’ que hasta ahora los vertebraba.

Donde chocan la genética y nuestras ideas sobre el mundo

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Porque, curiosamente, no faltan argumentos para cuestionar el resultado de estas pruebas, pero al hacerlo estamos cuestionando todavía parte de los pilares de las ideologías raciales. Por lo que sabemos, este tipo de empresas son muy meticulosas a la hora de realizar los observación.

Sin confiscación, determinar el origen geográfico del material hereditario de narración es complicado. ¿Qué es exactamente ser genéticamente castellano, mexicano o colombiano? Cada empresa tiene metodologías distintas para averiguar los sujetos que comparamos y ahí grandes debates.

En el fondo, los límites geopolíticos actuales son muy recientes. La historia de Centro Europa (como la historia de África, India o América) es la historia de un complejísimo baldosa de etnias, culturas y lenguas que duró hasta, como poco, la Segunda Guerra Mundial.

Y en muchas partes del mundo, aún dura (o se ha hecho más intenso). Identificar los estados con un cruel hereditario inmemorial no es poco propio de la historia, la sociología y la genética; es poco propio de una repaso ideológica del mundo flagrante.

No faltan razones para cuestionar este tipo de productos, pero todas ellas atacan de paso la idea misma de nacionalismo étnico

En ese sentido, el trabajo de Panofsky y Donovan nos muestra dos tendencias que conviven en el mismo espacio: por un banda, el origen de cierto negacionismo hereditario en la medida que esta pone en cuestión nuestras ideas sociales previas.

Y, por el otro, un proceso muy extraño de redefinición de las bases de ciertas ideologías conforme se hace evidente que sus argumentos tradicionales son insostenibles.


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