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crítica de la película con opiniones sin spoilers

Las declaraciones de los responsables de esta nueva entrega de la franquicia ‘Alien’ no dejan extensión a dudas: es un regreso a los mismísimos orígenes de la serie. Se repiten escenas y tópicos de la primera historia que en su día eran atrevidos y distintos, hoy lugares comunes, y vuelve a tomar los mandos, tras la extraña experiencia de ‘Prometheus’, un Ridley Scott casi 40 primaveras más envejecido que el que dirigió ‘El 8º Pasajero’.

Después de múltiples devaneos que han llevado a la serie a multiplicar la cantidad de aliens en pantalla, a pasear a los xenomorfos por toda la galaxia y hacerlos descender a la Tierra, a proponerlos como plaga bíblica, pertrechos biológica o sparring para cazadores estelares, ‘Covenant’ vuelve a situar a la criatura diseñada por H.R. Giger como una fuerza indómita de la naturaleza. Aunque pasada por el turmix de filosofía existencialista de ‘Prometheus’.

Es sostener: la operación de Fox para revitalizar a su criatura pasa por picotear entre lo más tradicional y menos rompedor de la franquicia, los tópicos que el espectador medio asocia a la clan, y usar ‘Prometheus’ como trampolín estético y parcialmente temático. Paradójicamente, el interés de ‘Alien: Covenant’ no está en cuando clona a sus mayores, cuando reverencia al clásico, sino cuando propone alternativas. Cuando es menos ‘Alien’.

Llamada de socorro: comienzan los problemas

La argumento de ‘Alien: Covenant’ se sitúa diez primaveras a posteriori de los accidentados sucesos que diezmaron la tripulación de la Prometheus. La Covenant es una nave colonizadora cuyo equipo es despertado de la hibernación tras un casualidad durante el alucinación. Con el capitán muerto, deciden no entrar de nuevo en hibernación y desviarse de su destino proyectado para atender una señal de socorro.

En ese planeta al que se desvían, aparentemente fértil y de ámbito respirable, encuentran los restos de la nave en la que escaparon el androide David (Michaerl Fassbender) y la doctora Shaw. Pero igualmente una forma de vida mutante, adaptable y muy agresiva que les ataca en cuanto desembarcan.

Como se observa, el esquema de la primera ‘Alien’ (entre otras) se repite sin demasiados reparos: una tripulación de currantes que se comportan más como camioneros que como héroes espaciales efectúa un accidentado descenso en un planeta desconocido atendiendo un SOS. La diferencia: aquí entra en la ecuación David, androide de aviesas intenciones idéntico al propio de la nave, Walter.

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Scott se esfuerza por pulsar determinados recadero que inequívocamente asociamos a la clan (aparte a ‘Aliens’, quizás): una tripulación en suprioridad numérica pero que no puede hacer ausencia para enfrentarse a la ferocidad e implacabilidad del organismo foráneo, cuyo proceso de reproducción y crecimiento es descrito con un detallismo que roza la pornografía para biólogos.

Se echa en errata la sensación de extrañeza del xenomorfo que empapaba la primera ‘Alien’

Por desgracia, la sensación de extrañeza constante, de organismo obscenamente dispar al humano tanto en lo ético como en lo fisiológico, y que convertía de forma extraña e intuitiva a la ‘Alien el 8ª pasajero’ innovador en una especie de anabolismo de algunas ideas de Lovecraft pero en secreto de tremendismo futurista, aquí ha desaparecido.

Ha desaparecido porque Alien ha entrado ya en el panteón de monstruos clásicos, aquellos cuyos orígenes, características y debilidades nos sabemmos al dedillo. Y la delito la tienen películas que sin duda alguna adoramos, como ‘Aliens’: pero el xenomorfo, por mucho que aquí adopte nuevas -y moderadamente inquietantes- formas, como los neomorfos, ya no es un enigma completo, un enigma incomprensible.

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Por eso ‘Alien: Covenant’ es más interesante cuando se adentra en terrenos inexplorados: los neomorfos -pese a su confusa y, en cierto modo, injustamente “mágica” forma de reproducción- no solo son espectacularmente agresivos, con un comportamiento sanguinario y velocísimo, sino que tienen una corporeidad genuínamente foráneo, lo que entronca con la extrañeza del primer Alien, el xenomorfo primigenio.

Mejor cuanto más raro

Y por eso es agradecido cuando Scott sorprende abundando en los disparates de ‘Prometheus’, una película decididamente con altibajos, pero mucho más atrevida y sorprendente que esta, llena de sanguinolencia abrupta y conversaciones filosófica absurdas. En ese sentido, lo mejor de ‘Covenant’ recuerda a aquella: la conversación auténtico de David con su creador, la interacción entre los dos androides idénticos…

También brilla ‘Covenant’ cuando incide en temas que el canon de la serie había dejado medio olvidados, pero son interesantísimos. Por ejemplo, los experimentos biológicos con los aliens están en el mismo ADN de la serie, gracias a la infravalorada ‘Alien: Resurrección’ y a los comics de Dark Horse. Aquí se recuperan con sobrado fortuna.

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Para todo lo demás, opta Scott por competir sobre seguro: la fría voz de Madre, chest-busters, huevos, chicas guerreras (Katherine Waterston, apropiada como clon de Ripley, aunque tanto Danny McBride como Fassbender se lucen más, poco inaudito en la serie), matanza de ácido y lanzamientos de mandíbula… La argumento es adecuadamente violenta, pero los impersonales surtidores de CGI juegan alguna mala pasada al tono visceral que averiguación Scott.

Más interesantes son las secuencias con las que Scott ya había brillado en ‘Prometheus’: parajes de planeta desolados (“no se oyen pájaros” dice Waterston en una de las frases más acertadamente fantastique de la película), naves de edificación absurda descendiendo sobre mantos de nubes… curiosamente, Ridley Scott está más cómodo y se gusta más cuando indaga en lo novedoso, aunque el gracia de ‘Covenant’ sea acordado el opuesto.

Ningún fan de la franquicia va a salir de la película especialmente chasqueado. Según gustos y según la radicalidad de cada cual, la insalvable secuencia de sexo y crimen será interpretada como una caída en el tópico o como una reconversión de ‘Alien’ en una franquicia de terror abiertamente comercial. Por eso mismo, los que se quejaron de ‘Prometheus’ se frotarán las manos.

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El regreso de un ‘Alien’ canónico

La prensa está siendo prácticamente generalizado en el entrada de la película de Scott, siempre en un tono sobrado indiferente. Es sostener, “bien, pero…”. Dicho de otro modo, estamos frente a una entrega digna de ‘Alien’, pero no ante el heredero directo de la clásiquísima primera parte. Y ya dependiendo de tu gusto por ‘Prometheus’, lo podemos dejar en desastre mayúsculo o derrape justito.

Por aquí, devotos como somos de la franquicia, hasta de sus entregas más esquinadas, echamos de menos poco de la paranoia que empapaba ‘Prometheus’. Aquella mezcla de secuencias mudas interminables, ciencia-ficción estilo soviético, cháchara filosófica e insensatez argumental. ‘Alien: Covenant’ es una entrega reconocible de ‘Alien’, sí, pero es que eso es lo mejor que puede decirse de ella: que es muy reconocible.

Es sostener: vas a encontrar tus aliens icónicos y alguna sorpresa, todos los tropos temáticos de la franquicia replicados con respeto casi enfermizo, y muchas ganas de Scott de ser recordado como padre único de la criatura. Aquí preferimos cuando la clan toma riesgos, se equivoca y se traiciona a sí misma, con espacio para la sorpresa y la verbena. Pero es innegable que esta es**** una entrega canónica. ¿De verdad es eso lo que necesitábamos?


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