así fue como la Primera Guerra Mundial revolucionó el arte de matar para siempre

La Primera Guerra Mundial fue el primer conflicto militarista flamante de la historia. Y como tal, deparó millones de muertos, pero además una revolución integral y transversal de las armas de pugna. No sólo en materia de tácticas, sino en aspectos antaño ajenos al arte militarista como la aviación, los submarinos o los carros blindados. Aquello que se libró en los campos belgas y picardos durante cuatro abriles era reconocible como una pugna sólo por el espinilla y la familia, pero todo lo demás había cambiado. Y lo había hecho para siempre.

En 1914, el postrer conflicto armado a gran escalera que recordaban las grandes potencias europeas se remontaba casi cinco décadas en el tiempo. Entre tanto, los imperios, tan en bogadura por aquel entonces, se habían prodigado en la conquista de otros continentes, a menudo frente a tribus o naciones menos doctas en el arte de la tecnología de pugna. Europa había olvidado la maña de la pugna, pero su espectro nones se evaporó.

En el mismo periodo de tiempo, sin confiscación, entre los casi cincuenta abriles que separaban 1870 de 1914, un puñado de grandes naciones europeas habían experimentado profundas revoluciones sociales, económicas y políticas. Francia había dejado de ser una monarquía. Alemania se había constituido como nación. Reino Unido y Estados Unidos habían impulsado una nueva revolución industrial. Y el invariabilidad crematístico del continente se había comenzado a desplazar del campo a las cuencas mineras y fabriles.

Significaba todo esto, por consiguiente, que para cuando la Primera Guerra Mundial quiso hacer acto de presencia en la vida diaria de todos los europeos, la pugna, las armas mediante la que se libraba, había cambiado lo suficiente como para causar espanto, horror y sorpresa entre todos aquellos que, por primera vez en su vida, batallaban en el frente mucho antaño que escuchaban relatos casi épicos y nacionalistas de las guerras del pasado.

Una pugna del siglo XX pensada en el siglo XIX

El siglo XIX había pasado de espléndido y dejado tras de sí incontables transformaciones en las estructuras políticas y económicas de las naciones europeas. Más profundas serían aún tras la Primera Guerra Mundial. Pero si poco no había hecho la centuria revolucionaria por excelencia era dejar un reguero de cicatrices de pugna en Europa.

Soldad Soldados fotografiados por Robert Fenton durante la Guerra de Crimea, una de las pocas guerras que se libraron en Europa durante el siglo XIX. (The British Library)

Apenas un puñado de enfrentamientos a gran escalera entre otras naciones se pudieron contar. Las más importantes, la Guerra de Crimea, en una remota península rusa disputada entre los zares y el vetusto y decadente Imperio Otomano, y la Guerra franco-prusiana de 1870, una serie de enfrentamientos entre el terminal imperio de Napoleón III y la proto-Alemania impulsada desde Brandenburgo por Bismarck y los Hohenzollern. Pero poco más. No hubo ocasión de exhibir muchos avances en materia técnica.

Lo que no significa que no existieran. Las maravillas de la industrialización a gran escalera habían permitido, de forma paralela, desarrollar toda una serie de avances técnicos nones antaño vistos. A finales del siglo XIX, por ejemplo, Estados Unidos había comenzado a probar el revolucionario sonar en su escuadra, y Reino Unido, Francia e incluso España habían coqueteado con las posibilidades de la aviación marcial (en el caso castellano, por ejemplo, con globos de observación durante la pugna hispano-americana de 1898).

Europa asistía a una revolución en materia armamentística: de las balas de cañón se pasaba a los proyectiles en gran medida explosivos, lo que condicionaba las maneras y tácticas de pugna de un modo radical

En materia armamentística, adicionalmente, las mejoras habían sido sustanciales, como bien narra Jeremy Black en su muy completo La guerra desde 1900. Los cañones se habían convertido en auténticas armas destructoras, y allí quedaban ya las ajadas bolas de cañón que aún se podían ver en el frente en la Guerra de Crimea (las mismas que acabaron con la suicida carga de la brigada ligera). Precisamente la artillería iba a producirse a un primer plano frente a la vetusta, inútil e improductiva caballería. La Primera Guerra Mundial supondría su fin como pájaro esencia.

Nuestro Amigo A este buen hombre, Carl von Clausewitz, y al texto que escribió sobre la pugna debemos gran parte de las lumbreras que en 1914 abocaron al mundo al desastre. (Wikipedia)

Lo que no significa que los altos mandos militares lo supieran por aquel entonces, claro. Surgidos de las antiguas castas nobiliarias y militares, a menudo en un estadio casi intocable internamente de su propio estado, como los prusianos, las audaces mentes estrategas de 1914 continuaban interpretando la pugna al modo del siglo XIX. Esto es, a la ataque, fuertemente influenciados por los escritos de Carl von Clausewitz, cuyo De la pugna (1832), en la resaca de las guerras napoleónicas, hacía una loor sin disgresivas del “culto a la ofensiva”.

Las ideas de Clausewitz y las conocimiento agresivas de Napoleón en batallas como Austerlitz provocaron que toda una procreación de militares europeos se educaran creyendo en el rezo ofensivo, máximas que habían cobrado más fuerza que nunca en la primera período del nuevo siglo gracias a la explosiva aparición de las nuevas armas de fuego. Al ser más destructivas, se razonaba con entusiasmo en los despachos de París y Berlín, beneficiaban a las estrategias de ataques, más capaces de romper al rival.

En el agitado imaginario militarista de la Europa de aquellas décadas la pugna era un anhelo que se había mamado, en forma de resentimiento y nacionalismo, desde hacía abriles. Todos estaban convencidos de que ganarían de forma rápida y breve

El tiempo demostró que no sería así, pero para colmo de males, las escasas guerras que influenciaron el imaginario militarista europeo de 1914, una psique colectiva que sentía la pugna como propia porque, como bien anotó Marc Ferro en su libro-tótem sobre el asunto, llevaba mamándola cinco décadas, habían sido cortas, rápidas y habían beneficiario al contendiende agresivo. Fue así en 1870 y en la ruso-japonesa de 1904.

Japoneses Soldados japoneses durante la pugna ruso-japonesa. Japón se impuso a Rusia en su particular pugna de 1904, pero lo hizo a un altísimo coste humano dadas las nuevas virtudes del armamento flamante. Por desgracia, no hubo muchos observadores que tomaran nota de aquellas lecciones. (Collier’s Weekly/La Ilustración Artística)

Esta última, de hecho, había mostrado al mundo cómo Japón se había impuesto al gigantesco Imperio Ruso, de fortuna bélicos incomparables, a través de tácticas muy agresivas y aventuradas. No siempre había sido así: ni las guerras de los Balcanes ni la que libró Reino Unido frente a los estados libres boer en Sudáfrica invitaban al optimismo ofensivo, pero aquellos conflictos se libraban en regiones aisladas y remotas de Europa o frente a colonias demasiado lejanas mental y físicamente del corazón del continente de las luces.

Así pues, en 1914 todos se aventuraron con destino a una pugna que juzgaban rápida y corta, con movimientos sagaces que terminaran de forma fulminante con las defensas enemigas y que repitieran los esquemas de ataque ejecutados por genios como Von Moltke y tan recordados entre la intelligentsia marcial. Y todos estaban convencidos de que ganarían.

Tenemos cañones y estamos dispuestos a utilizarlos

Lamentablemente, todos estaban equivocados.

Pese a los fugaces y aislados alegatos de pensadores militares como Ian Hamilton, testimonio de lo que las ametralladoras rusas habían conseguido frente a las cargas de infanterías japonesas en Manchuria, nadie había reparado en poco que definiría la Primera Guerra Mundial tal y como las recordamos: las nuevas armas, más destructivas, más eficientes, iban a permitir perfeccionar las tácticas defensivas, hasta el punto de anular las estatagemas ofensivas del enemigo. Y sin confiscación, todos estaban al borde de lanzarse a la ataque.

Municion El coste de la pugna se disparó y los estados tuvieron que producir de forma industrial armamento que abasteciera a las incesantes deyección de sus ejércitos. Las fábricas se llenaron de armas y de proyectiles como los de esta imagen, en Reino Unido, y de forma paralela, frente a la escasez de hombres, facilitaron la incorporación de la mujer al mundo sindical. (University of British Columbia)

Pensemos en la metralleta, por ejemplo, la principal novedad técnica introducida en el campo de la artillería ligera en la Primera Guerra Mundial. Se trataba de un armas de fuego aún pesada (las francesas, Hotchkiss, podían alcanzar los 40 kilogramos) pero escueta, que podía ser desplegada con relativa facilidad en primera dirección de frente y que era capaz de disparar 500 balas por minutos en un rango de más de 500 metros. Una carga exterior de infantería era su particular patio de recreo: acantonada en un punto oculto y protegido, un barredura podía desmontar cualquier ataque.

Una metralleta perfectamente acantonada era capaz de reventar una carga de infantería sin inmutarse o tomar daño alguno. Era un armas defensiva, no tan útil a nivel ofensivo

Su carácter determinante quedaría refrendado a lo espléndido de los abriles de la pugna gracias a las diversas mejoras técnicas introducidas, que reducirían su peso a los 18 kilogramos (las Spandau alemanas, por ejemplo) y que ampliaban su cadencia de disparo a las 700 balas por minuto (en el punto final de la pugna, Estados Unidos había conseguido diseñar el celebrado subfusil Thompson, capaz de barrer una trinchera en un segundo y portado fácilmente por un soldado, aunque nunca entró en combate).

ametralladora Ataviados con máscaras de gas frente a la posibilidad de que el enemigo decidiera utilizarlo, los soldados que defendían las trincheras podían matar con una carga exterior numerosa con unas cuantas ráfagas letales de metralleta. (Wikipedia)

¿Qué podían temer las defensas enemigas frente a las ingeniosas y audaces cargas frontales decimonónicas ideadas por los generales rivales? No demasiado. Un puñado de ametralladoras sustituían con maduro validez a todo un batallón con un fusil.

Durante abriles, los soldados fueron enviados al matadero por las tácticas cabezonas de sus superiores, que creían que el frente se rompería redoblando la presión

Sin confiscación y pese a las evidentes carnicerías en el frente, protagonistas de batallas tan cruentas como la del Somme, en la que sólo el mandato tudesco contó con más de medio millón de bajas, la Primera Guerra Mundial asistió a un sorprendente control de cabezonería por parte de sus élites militares. ¿Por qué? En un principio, por la abrumadora superioridad de la artillería, que pasaba así a conformar la esencia del planteamiento ofensivo. Los proyectiles eran tan potentes y destructivos y se podían exhalar desde posiciones tan alejadas que se creía que el enemigo no podría resistir demasiado.

Y era un planteamiento moderado. Si el enemigo había conseguido acantonarse en correosas trincheras gracias a la futilidad de los movimientos ofensivos, excepto durante los primeros compases de la Operación Schlieffen alemana, la logística método era machacar sus posiciones hasta que se abriera una brecha.

Artilleria En algunas batallas, el frente ofensivo lanzaba aproximadamente de un millón de proyectiles sobre las trincheras, en las que los soldados debían tener estoicamente, presas de los alteración y de la ansiedad, a que la tormenta cesara. Una vez sucedía, aguardaban atrincherados las cargas de infantería de sus rivales. El resultado eran montañas de casquetes a kilómetros del frente. (Wikipedia)

Aquí fue Alemania el país que mejor entendió la dirección de la pugna. En 1914 había puesto en circulación cañones tan espectaculares como el 15 cm schwere Feldhaubitze 13, una filigrana técnica de dos toneladas y media y dos metros y medio de orgulloso capaz de disparar a más de ocho kilómetros de distancia proyectiles del calibre 150mm. Su producción, de 3.400 unidades, permitió a las fuerzas germanas causar toda clase de tormentos a la infantería enemiga, gracias a su apetecible ángulo (hasta 45º) y a la fuerza explosiva de sus cargas (42 kilos).

Aparatos así, inigualados en los primeros días de la pugna por sus pares ingleses o franceses, ayudaron a Alemania a tantear la posibilidad de tomar París, tal y como hubieran hecho cincuenta abriles antaño para amargo retentiva del nacionalismo galo. Conscientes de la creciente importancia de la artillería, los franceses pasaron de sus preferidos calibres de 75mm a proyectiles más pesados y poderosos lanzados por unidades como el Canon de 105 mle 1913 Schneider, que podía disparar proyectiles de 105mm a más de 12 kilómetros.

Francia, en un inicio reacia a cualquier novedad que el frente pudiera deparar, optó por calibres más pequeños que pudieran ser transportados con facilidad por la tropa. Fue un craso error

Asentadas las posiciones tras el intenso despliegue original tudesco, Francia pudo detener las pinzas envolventes enemigas en la Batalla del Marne, salvaguardando París, retomando parte del dominio perdido y estableciendo las líneas de frente básicas que habrían de especificar la Primera Guerra Mundial. Y a partir de aquí, comenzó el toma y daca permanente de las artillerías, en juegos de ida y envés totalmente improductivos.

Canon Un 15 cm schwere Feldhaubitze 13 en plena actividad durante la batalla de Arrás, en 1917. Se desplegaba por detrás de las trincheras y su espléndido talento le permitía alcanzar objetivos enemigos. Entrada la pugna, comenzaron a disparar antaño sobre la artillería enemiga que sobre las propias trincheras. (Allgemeiner Deutscher Nachrichtendienst)

Asombrados por la capacidad destructiva de sus cañones, las tácticas a un costado y a otro del frente consistían en la posterior rutina: durante días, la artillería, empleando herramientas de sede y puntería a varios kilómetros de las trincheras, desplegaban una intensa oleada de decenas de miles proyectiles sobre las cabezas de los soldados enemigos. El objetivo era destruir el novedoso y eficaz alambre de espino y las pequeñas fortalezas casi subterráneas de las trincheras, para que más tarde los batallones de infantería limpiaran y tomaran el dominio.

El resultado era invariable: la artillería descargaba tantos proyectiles que dejaba impracticable el dominio, lo que en los meses de lluvias, tan comunes en el ideal de Europa, hacía increíble avanzar de forma efectiva. Pese a lo esperado, las defensas rivales aguantaban, y los soldados enemigos encontraban francas posiciones de disparo para aniquilar y acribillar a placer las ofensivas, impotentes y enviadas al matadero por sus superiores. Cada carnicería fue maduro que la antecedente porque los soldados se lanzaban de forma suicida contra las trincheras rivales.

La rutina era perfectamente conocida por los soldados, que debían resguardarse durante una semana o más en el reducto hasta que la oleada rival terminara, y luego, atolondrados, salir a defender la trinchera

Las pequeñas ganancias en el frente que pudieran conseguir eventualmente los ataques eran rápidamente neutralizadas frente a la imposibilidad de proseguir líneas de almacenamiento en un dominio repleto de espinilla y cráteres lunares. El enemigo sólo tenía que esperar para recuperar sus trincheras convenientemente abastecidas y acantonarse de nuevo. En batallas como el Somme, ya en 1916, centenares de miles de muertes a causa del ciclo artillería-carga suicida resultaban en apenas un puñado de kilómetros ganados. Era frustrante y terrorífico.

Las trincheras: el obstáculo fundamental de la Primera Guerra Mundial

Eran las trincheras la esencia de la pugna.

Tras la Batalla del Marne, comenzó la ya célebre carrera hacia el mar, que obligó a alemanes e ingleses recorrer el ideal de Flandes en sondeo del Canal de la Mancha, con objetivo de proteger sus flancos y evitar el rodeo de sus fuerzas. La método de la pugna hizo el resto: a la cumbre de 1915, contaba la epígrafe que un soldado podía caminar desde Ostende hasta la frontera Suiza sin que un medida de su cuerpo sobresaliera del suelo. Era la Europa subterránea.

Vida En Las Trincheras Dada la situación de estancamiento, las trincheras fueron la vida popular del soldado durante la Primera Guerra Mundial, cuya memoria ha quedado definida por ellas.

De nuevo, fueron los dirigentes alemanes quienes tuvieron más oportunidad a la hora de analizar la pugna. Como cuenta Paul Fussell en su clásico La Gran Guerra y la memoria moderna sobre los pormenores de la vida en el frente, el suspensión mando tudesco había organizado construir trincheras espaciosas, higiénicas y cómodas. La mezcla de obsesión por la perfección fabril de Alemania y la rápida aceptación de que la pugna, pese a todo lo creído antaño de su estallido, sería lenta y muy larga, provocó que los alemanes se desempeñaran a fondo en hacer la vida de sus soldados más acomodaticio.

Y como bien noveló Erich María Remarque en Sin novedad en el frente, Alemania había pulido un ponderado sistema de rotación que hacía que un soldado cualquiera no pasara más de dos semanas seguidas en primera dirección. Se habían maduro diversos puntos en las líneas de almacenamiento de la trinchera (que no consistía sólo en la primera dirección, sino en una profundidad de hasta tres niveles), y tras su periodo en el frente, todos los hombres regresaban a la retaguardia a producirse días descansando y recuperándose, pese a todas las calamidades.

Fueron los alemanes quienes antaño comprendieron el sino de la pugna, lo que combinado con su natural eficiencia productiva derivó en trincheras más saludables, protegidas y habitables que las de los franceses o ingleses

La situación era distinta al otro costado del frente. Los altos mandos franceses e ingleses, personificados en militares tan clásicos, pagados de sí mismos y reacios al cambio como Robert Nivelle, continuaban creyendo que la pugna sería rápida y que duraría poco, por lo que no invirtieron mucho tiempo en acomodar las trincheras y atender las deyección inmediatas de sus soldados. Así, los ingleses y franceses en el frente estaban más empapados en espinilla, sufrían de peores condiciones de alojamiento y se las veían y deseaban de forma amarga con las ratas.

Trinchera Francesa Una trinchera francesa. Los soldados no solían producirse demasiado tiempo en primera dirección, e iban rotando y siendo relevados frente a el estrés y lo intenso de las batallas. (Wikipedia)

Tras las carnicerías de Verdún y el Somme, ofensivas respectivas de Inglaterra y Alemania para conquistar puntos claves de sus rivales, el tempo de la pugna cambió. Como constataría Churchill tras los espurios kilómetros ganados en Bélgica, las victorias costaban tanto que se asemejaban demasiado a las derrotas. Y lo cierto es que incompleto el conflicto, Francia, Reino Unido y Alemania se desangraban frente a la cruda verdad de una pugna librada al uso antiguo con instrumentos modernos. Si se quería avanzar, había que cambiar, aunque implicara valer mayores riesgos y cismas internos en los altos mandos.

Y qué mejor modo de hacerlo que abrazando la modernidad en su puro esplendor.

El vendaval: el otro punto de inflexión en la historia de la pugna

Saltar por encima de las trincheras implicaba dos cosas: por un costado, diseñar proyectiles más eficaces que tuvieran un impacto vivo en el denso entramado defensivo del enemigo. Segundo, apuntar mejor: los misiles dejaban un reguero de cráteres que hacían impracticable el dominio, y la condición de alejar a la retaguardia artillera del frente en aras de protegerla de los desmanes de sus colegas enemigos provocaba que la dirección del disparo fuera en ocasiones un control de demasiada incertidumbre. Para ello, la tecnología moderna ofrecía una opción brillante: los aviones.

La Primera Guerra Mundial representó la puesta de largo de la aviación en el universo militarista. Sí, España y otros países habían utilizado nociones experimentales con anticipación, como el creación (sus aventuras en la pugna hispano-americana de 1898, tan cercana por aquel entonces, están retratadas de forma muy divertida en La estrategia del desastre de Jaime Pérez-Llorca), pero el avión era toda una novedad (aunque se había probado ya en la Primera Guerra de los Balcanes). El impulso tecnológico permitió producirse de apaños primitivos a resultones biplanos.

Albatros Aleman Un Albatros D.III tudesco, el avión que permitió a Alemania dominar los aires durante todo un año, 1917. (Wikipedia)

Pese a que la epígrafe de figuras como el Barón Rojo y los duelos de ases del aire colocan a la aviación en un estadio idílico e imaginario durante aquellos abriles, su función era más vulgar, por más que, a ras de suelo, la soldadesca disfrutara con fruición de las pequeñas cuitas aéreas entre los avezados pilotos. A los aviones se les pedía que miraran. Que miraran y fotografiaran.

De hecho, gracias a sus labores de investigación al otro costado del frente hoy podemos disfrutar de espectaculares imágenes cenitales de la Primera Guerra Mundial. Los biplanos se dedicaban a sucar el vendaval con diversos propósitos estratégicos. Por un costado, predecían el movimiento de tropas rivales, utensilio indispensable en una época en la que los ejércitos europeos comenzaban a acostumbrarse a movilizar a centenares de miles de hombres en un puñado de días. Por otro, informaban de la posición de la artillería rival, con visos de atacarla. Y finalmente, señalaban la posición de las trincheras enemigas.

La principal tarea de la aviación durante los cuatro abriles de pugna fue la de observación, por más que se gestaran leyendas como las de Manfred von Richthofen, el Barón Rojo, con 80 presas derribadas

Con toda esa información, suficiente completa vanguardia la pugna, el suspensión mando de turno decidía con destino a dónde se iban a dirigir los próximos ataques. No significa esto que la aviación quedara limitara a meros trabajos explorativos: tan pronto como en Verdún, en el verano de 1916, la aviación alemana ya había chapón los primeros escuadrones aéreos de combate, y durante los abriles subsiguientes no era raro toparse con pilotos ametrallando desde el vendaval a la infantería enemiga cuando la ocasión lo requería, para espanto de los soldados.

Crater Un cráter en París, provocado por uno de los escasos bombardeos realizados por los zeppelines alemanes contra población civil. (Willy John Abbot/Wikipedia)

La Primera Guerra Mundial además fue testimonio de los primeros intentos de hostigación de población civil, un pájaro tan terrorífico y presente en los conflictos subsiguientes tras la matanza de Gernika. Fueron los alemanes quienes se prodigaron en el asunto, aunque no sobre los ligeros biplanos, incapaces de recorrer largas distancias o de portar bombas pesadas, sino sobre los legendarios zeppelines, enormes bolas de gas que surcaban los aires cual destructor los mares, y cuya impronta visual no se correspondía con su inestabilidad y inscripción tasa de siniestralidad.

Los generales alemanes, al provenir de la casta marcial prusiana que tan poco aprecio prodigaba por las gentes comunes propias y muy especialmente de otras naciones, experimentaron con bombardeos a pequeña escala de núcleos urbanos. Fueron los VI, VII y VIII los primeros zeppelines germanos en exhalar bombas en ciudades belgas, como Lieja o Amberes, causando pocas bajas humanitarias y escasos desperfectos.

Alemania lanzó a sus zeppelines a explorar el Báltico y a machacar Londres y París, lo que aterrorizó a las poblaciones civiles en una pugna en la que, en líneas generales, estuvieron al beneficio de la carnicería que representó el frente

Más tarde, aquellos globos gigantes que en muchas ocasiones además ejercieron de exploradores en el frente uruguayo (en el Báltico), suficiente más dinámico de lo que recuerda la memoria colectiva (y descuidado premeditadamente en este artículo, cubo lo inabarcable del espléndido conflicto), se adentraron en las capitales de los imperios rivales, París y Londres, causando la asesinato de hasta 500 personas en la ciudad londinense. Aquel estadio de susto inusitado en una población que observaba con terror la venida de las enormes zeppelines causó que Inglaterra se tomara más en serio la cuestión aérea y dotara de independencia jerárquica internamente de su ejército a la RAF.

Las campañas de bombardeos civiles de los zeppelines causaron un enorme malestar en Francia y muy especialmente en Reino Unido, lo que contribuiría al relato culpabilizador y poco dialogante de los vencedores sobre Alemania cuando el incomunicación crematístico y marcial le hiciera firmar la paz con sus enemigos.

Zeppelines Numerosos zeppelines como este fueron empleados en la Primera Guerra Mundial, aunque muchos terminaron en el suelo fruto de su enormidad, lo que les convertía en trastos poco manejables y fáciles para los enemigos. Esa misma impronta gigantesca aterrorizó a las poblaciones civiles de Inglaterra y París. (Wikipedia)

Pero, en fin, aquellos zeppelines de corto trayecto no serían más que un originalidad en una pugna librada y determinada por otras fuerzas. La principal, la artillería, a la que la aviación ayudaría enormemente en su radical reformulación de su logística de pugna. Pasado 1916 y tras el fracaso sin paliativos de las ofensivas de Verdún y el Somme, donde la artillería se centraba en el hostigación durante días (o semanas, como el original inglés frente a los alemanes en el Somme) de las trincheras enemigas, los aliados comprendieron que mínimo iban a extraer de sus tácticas tradicionales, y que si querían avanzar necesitaban contrarrestar a la artillería enemiga.

Sin confiscación, y como ya hemos trillado, el larguísimo talento de los nuevos proyectiles impedía visualizar las posiciones enemigas, por lo que en muchas ocasiones disparar más allá de las trincheras se convertía en un inmenso control de azar.

La artillería tenía que consentir a las posiciones de la artillería enemiga, en aras de neutralizarla. Para ello se valieron de un enredado maniquí en el que la punta de lanceta era la aviación

Post-1916 Reino Unido en específico introdujo varias novedades que le permitirían hacer daño real a la artillería alemana. Por un costado, mejoró la capacidad explosiva de sus casquetes: si antaño eran incapaces de explotar a no ser que se estrellaran directamente contra figuras muy sólidas, como un reducto de hormigón, ahora productos más efectivos como el Number 106 Fuze requerirían tan sólo de un insustancial roce con el alambre de espino para saltar por los aires, exprimiendo la efectividad de los ataques artilleros.

Más importante aún, Reino Unido y por extensión Francia dejaron de apuntar con destino a las trincheras, conocedores de las brutales sangrías perpetradas por las ametralladoras intactas de los alemanes. El control de cartografía realizado por los aviadores, indispensable en este punto, y delicados cálculos matemáticos (en los que se mezclaban coordenadas desplegadas por los amigos del vendaval, avistamientos a ras de suelo y la identificación del humo y de los estallidos de luz obligados en cada disparo enemigo) realizados por los ingenieros de turno permitieron la rápida identificación de la posición artillera enemiga para su posterior destrucción.

Artilleria Es más acomodaticio si sabes dónde tienes a tu enemigo. (Wikipedia)

Así, y tras la mejoría de la esclavitud comunicativa por la cual se identificaba a un objetivo y se trasladaba la buena nueva al cañón que tenía que disparar, Reino Unido obtuvo una preeminencia táctica relevante frente a la tradicional potencia artillera de Alemania. La eficiencia del sistema se completó con innovaciones técnicas que contribuyeron a contrarrestar el emoción del derrota durante el disparo, mejorando la ergonomía de los casquetes y su trayectoria de revoloteo.

En aquel enredado proceso en el que el avistamiento volátil era el primer paso, Reino Unido llegó al punto de situar y disparar sobre un objetivo tan pronto como hubiera sido detectado. La situación, durante 1917 y 1918, favoreció enormemente la capacidad marcial de los aliados, que luchaban frente a una potencia en progresivo estado de ebullición interna por el bloqueo y las penurias de la población alemana y que, frente a lo impracticable del campo de batalla, había desplegado un nuevo pájaro revolucionario: el tanque.

Los compases finales de una pugna que ya lo había cambiado todo

De rigor es indagar que el carro chapado, aquella audaz innovación surgida de la inteligencia británica con el objeto de sobrepasar el bacheado campo de batalla y el insuperable alambre de espino, había hecho su aparición en una aniversario tan temprana como el 15 de septiembre de 1916. Sin confiscación, por aquel entonces el Mark I era un amasijo de hierros comandado por 8 personas que tenía poca operatividad sobre el dominio. Con sus enormes ruedas de oruga destinadas a navegar sobre el espinilla, era poco maniobrable y sufría de incesantes averías técnicas.

En cualquier caso, la presencia de auténticos monstruos de hierro en el frente generó severos quebraderos de vanguardia para las tropas alemanas, acongojadas frente a la visión de las peores pesadillas del sueño industrial. Aquel Mark I y sus sucesivos II y III, tan temibles y terroríficos en lo visual como levemente relevantes en lo militarista, espantaban a los hombres enemigos y los intimidaba de puro terror.

Los tanques fueron introducidos en el campo de batalla por primera vez durante la Primera Guerra Mundial, aunque no siempre tuvieron un papel efectivo. Reino Unido inventó el primero y desarrolló los mejores modelos

No sería hasta los compases finales de 1917 cuando los ingleses comenzarían a dominar su manejo y pericia. Acaso sería el Mark IV el mejor ejemplo de todo ello: con 27 toneladas de peso y un coraza de hasta 12 milímetros de volumen, el tanque fue utilizado con efectividad en Cambrai gracias a sus seis ametralladoras ligeras ubicadas en los laterales del carruaje, perfectos para matar en posiciones francas y protegidas con las tropas enemigas.

Markiv El Mark IV fue el primer gran tanque, en términos de validez, introducido durante la Primera Guerra Mundial. (Wikipedia)

Las sucesivas evoluciones del Mark (hasta el X) fueron las más avanzadas y audaces de cuantos tanques se emplearon en la pugna, por más que en batallas como las de Ypres resultaran del todo inservibles por desliz de su tranquilidad (incapaces de perseguir al enemigo en retirada: en el mejor de los casos avanzaba a 6 kilómetros por hora) y por lo surrealista del dominio, donde la velo, los árboles despojados de sus hojas y los cráteres gigantescos repletos de agua transformaron Bélgica en un decorado de otro universo (para el retentiva las fotos de la sórdida batalla de Passchendaele).

Franceses y alemanes además introdujeron carros de combate durante este periodo de tiempo, aunque no al nivel de los británicos. Los franceses en particular utilizaron coquetos tanques ligeros como el Renault FT-17, que podían unirse con sus más modestas ruedas de oruga y su pequeño cockpit acorazado a los soldados en terrenos más pequeños y resbaladizos. Sus primos St Chamond, sin confiscación, estaban allí de la efectividad de los Mark, con orugas muy cortas sobre chasis enormes que les hacían proclives al tropiezo y incomunicación.

La efectividad de los tanques varió con el paso del tiempo. Los británicos construyeron los primeros, mejores y más efectivos, mientras que los alemanes no supieron exprimirlos al mayor

Por su parte, los alemanes nunca fueron capaces de emplearlos con éxito en sus diversas iniciativas de ataque. Sólo un diseño definitivo entró en combate durante los cuatro largos abriles de pugna, y fue el rebuscado y extraño A7V, conocido popularmente como el “monstuo“. Pesaba más de 30 toneladas y contaba con un cento de dificultad inusualmente suspensión, lo que provocaba que fueera inestable, a lo que había de sumar numerosos puntos ciegos desde la cabina, un hándicap importante. Su inscripción velocidad (15 kilómetros por hora, mínimo menos) le permitió cierto éxito operativo en Villers-Bretonneux (la primera batalla de tanques de siempre).

Av7 Tanque Un AV7 tudesco paseando por las ruinas de Roye, una ciudad del Somme. Aunque en universal la población civil no sufrió tanto como en la Segunda Guerra Mundial y que las batallas urbanas fueron una excepción, el paisaje de la región, pueblos incluidos, quedó devastado. (Bundesarchiv)

Pero en líneas generales, el suspensión mando tudesco no pudo emplearlo con el mismo tino y éxito que el inglés, que había reformulado su esclavitud de mando, dotando de más operatividad y autonomía a los cuadros inferiores, y su forma de entender la pugna, acoplando dirección y logística desde vendaval, artillería, infantería y carros de combate.

Los últimos días y el fin, la conquista de la total integración marcial

Fue la recta final de la Primera Guerra Mundial la culminación de la rápida cambio británica y de su inteligente amoldamiento. Reino Unido debió tomar la iniciativa en el frente frente a el exhausto e inoperante ejército francés, cuyas intentonas de carácter clásico, de nuevo elaboradas por generales testarudos como Nivelle, fueron a morir en la ofensiva que lleva su nombre de primavera de 1917, y que los Pimpinella del suspensión mando tudesco tras la defenestración de Falkenhayn, Hindenburg y Ludendorff, repelieron con éxito sobre la Línea Hindenburg.

A finales de 1917 todas las facciones estaban exhaustas: las huelgas asolaban la credibilidad del gobierno de Lloyd George en Reino Unido, las insurrecciones se multiplicaban entre las divisiones francesas (con el constante castigo en forma de fusilamiento sumario de los generales), el descontento y el penuria comenzaban a hacer raja en Alemania, la tormenta perfecta de inoperatividad táctica y crisis por la supervivencia política de Austria-Hungría ponían el futuro de la monarquía dual en entredicho, y el colapso generalizado del Imperio Otomano resultaba en acciones desesperadas como el genocidio armenio.

Todos tenían incentivos para terminar la pugna. Pero nadie sabía cómo.

Cien Dias En 1918, Alemania intentó una última ataque desesperada con el objeto de partir en dos el frente enemigo. Fracasó y fue el inicio de su amargo destino. (David McLellan/Wikipedia)

Una vez más, fue Reino Unido quien sumó de forma efectiva el despliegue de tanques y aviación a las nuevas herramientas artilleras, capacitadas para hacer daño en la retaguardia alemana. Sin confiscación, fue la exposición alemana la que terminaría decidiendo el sino de la pugna tras abriles de conservadurismo, inestabilidad y una terrible mezcla de incapacitación e inoperancia entre los grandes generales.

Finiquitada la Rusia de los zares y cerrado el frente uruguayo tras la rendición bolchevique, Luddendorf y Hindenburg, más dedicado a la dirección política que a la marcial, se toparon en la primavera de 1918 con una cuarentena de divisiones a desplegar en el Frente Occidental. Convencidos de la condición de un leñazo músico que hundiera a los aliados tras un año optando por replegarse y motivados por la creciente inestabilidad política interna de Alemania a causa del incomunicación inglés, que a estas staff tornaba en insostenible dada la carestía, ejecutaron con parcial éxito la Operación Michael.

En un postrer intento desesperado y suicida al que sólo un asombro podía ocurrir cascarilla, Alemania lanzó la Operación Michael en la primavera de 1918 con objeto de romper en dos a los aliados. No funcionó

Se trataba de un intento desesperado. La pugna había derivado a un enredado sistema de relación económica-logística que requería de abundantes fortuna por parte del estado, tanto materiales como técnicos. En esencia, toda la nación debía hipotecarse al frente. Y Alemania, que había resuelto por fin el dilema del “doble frente”, tenía que forzar un final antaño de que el poderío material de Estados Unidos hiciera inviable un colapso de las fuerzas aliadas o de que el Imperio Austrohúngaro, del que se sabía tentado de firmar la paz por separado, se hundiera.

Marines Soldados estadounidenses a la carrera durante la Ofensiva de los Cien Días. Tras la última intentona alemana, las fuerzas se decantaron del costado de los aliados porque sus fortuna, apuntalados de forma extraordinario por Estados Unidos, eran mucho mayores. Cuando Alemania tuvo que reponer soldados y material tras la Operación Michael no contó con una potencia al otro costado del Atlántico que le apoyara, y se ahogó presa de su propia anhelo. Las tropas estadounidenses, por lo demás, no fueron determinantes a nivel operante: sus propios colegas británicos o franceses se sorprendieron frente a su inmadurez en combate. Por aquel entonces, Estados Unidos no había participado en demasiadas contiendas bélicas a gran escalera. (US Marine Corps)

Así, y en un control sorprendente y osado a gran escalera desde la Orientación Hindenburg que buscaba destruir a Francia y forzar la paz por separado con el resuelto y determinado Reino Unido, Alemania avanzó en unos pocos meses lo que nones se había innovador durante la Primera Guerra Mundial, llegando hasta las puertas de Amiens, Arrás o Lens sin llegar nunca a tomarlas. Aquel incomunicación, aquella incapacidad física de alcanzar más allá, tambaleó los cimientos de las defensas aliadas, pero no su determinación de resistor unificada ni sus cimientos estratégicos, apuntalados por los inmensos fortuna de Estados Unidos.

Tocados pero aún vivos, Reino Unido, Estados Unidos y Francia contraatacaron durante el verano de 1918. Alemania no había conseguido provocar el hundimiento de sus enemigos, y tras la ataque suicida, que expuso de forma perjudicial sus debilidades logísticas y de almacenamiento, se hundió paso a paso, incapaz de sostenerse sobre sí misma. Los meses que llevaron del verano al otoño fueron un sálvese quien pueda generalizado entre la tropa germana y un delirante rechazo al fracaso por parte de Luddendorf y Hindenburg, quienes sólo accedieron al tregua cuando la revolución bolchevique y el caos asolaban Baviera y Berlín.

El fin de la Primera Guerra Mundial había llegado.

Paloma Paz Un soldado inglés agarra una paloma blanca desde un anexo del Mark V tras la batalla de Amiens. Fue el inicio de la Ofensiva de los Cien Días de los Aliados, y el fin de Alemania en la Primera Guerra Mundial. (David McLellan/Wikipedia)

Sobre la situación pre-revolucionaria de aquella Europa a las puertas de la período de los ’20 se ocupa ya otra historia. Alemania y sus aliados se habían hundido en lo político y en lo marcial, arrastrados por su desesperación, y la Primera Guerra Mundial había consumido con las tres grandes familias que habían reinado sobre los pueblos de Europa central y del este durante siglos: los Hohenzollern, los Romanov y los Habsburgo. El sistema dinástico, el Ancien Régime, se había desmoronado en cuatro abriles que habrían de redibujar el continente para siempre.

Fue una revolución.

Aquella pugna además fue el inicio de la modernidad, del siglo corto de Hobsbawn, y además el principio del fin del arte bélico clásico. La Primera Guerra Mundial supuso la primera piedra en el camino de la pugna librada por naciones al completo y de la subordinación del orden crematístico del estado al esfuerzo militarista. También de los primeros ataques contra la población civil, de la propaganda como motor del nacionalismo bélico, de dos innovaciones que marcarían el futuro de la pugna para siempre (la aviación y los carros de combate), y de la reordenación definitiva de la estructura socio-económica del mundo.

Fue una pugna baldía donde la conquista siempre se vio acompañada de la amargura y donde la derrota se sazonó con rencor, fermentando en los totalitarismos y en la ascensión política con destino a la violencia étnico, destructiva e incomparable de la Segunda Guerra Mundial. Fue, en definitiva, el evento más transformador de la historia flamante del ser humano, un punto de no retorno que a su término había costado más de 18 millones de víctimas humanas y que había industrializado el terror para siempre.


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