así fue como el chocolate ayudó a ganar la Guerra… a los Aliados

Los aficionados se centran en la táctica; los profesionales, de la provisión“, decía el reconocido Robert H. Barrow, común de los Marines de Estados Unidos. Y es una de esas verdades que suelen ocurrir desapercibidas. Por ejemplo, nos hemos hartado de ver y de escuchar lo que ocurrió el 6 de junio de 1944, el desembarco de Normandía. Ese día 160.00 tropas aliadas irrumpieron en las costas de Francia.

Un prodigio de la táctica, de la organización y de la historia bélica internacional. Pero, ¿qué comieron esas 160.000 bocas? ¿Cómo proporcionar los habitantes de una ciudad mediana en medio de una de las batallas más inmensas de la Historia? La historia de la comida en la Segunda Guerra Mundial es pura ciencia y tecnología, pero hoy nos vamos a fijar en un pequeño detalle y una utensilio fundamental: en una mostrador de chocolate.

La mostrador de Logan

La Segunda Guerra Mundial (como supongo que pasa con todas las guerras) empezó a ganarse muchos abriles ayer de que Hitler apretara aquel percusor en un reducto de Berlín. Y uno de esos sitios fue una reunión en 1937 entre el coronel Paul Logan del ejército norteamericano, William Murrie, el presidente de la industria de chocolate Hershey’s y Sam Hinkle, el caudillo químico de la empresa.

Logan estaba diseñando las raciones de comida que el ejército usaría como almohadilla de la viandas de los soldados cuando estuvieran acullá de las líneas logísticas. La tarea parecía sencilla, pero no lo era. Reflexionando sobre el asunto, se dio cuenta de que necesitaba poco capaz de aportar una gran cantidad de energía y que fuera sencillo de consumir. Necesitaba una chocolatina.

La chocolatina no podía estar demasiado buena, se la comerían ayer de tiempo

Pero no cualquier chocolatina. La mostrador tenía que tener cuatro requisitos: debía pesar 112 gramos (4 onzas) y entrar en el faltriquera; debía tener un contenido energético muy stop; debía resistir altas temperaturas; y, por postrero, aunque fundamental, debía conocer “solo un poco mejor que una patata cocida”.

¿Una papa cocida? Exacto. Parece una tontería, pero era poco fundamental. Logan temía que, si la mostrador de chocolate estaba demasiado buena, los soldados acabaran comiéndosela ayer de tiempo. Error.

Comer chocolate en el báratro

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Entrar en una tienda de chucherías y pedir poco que estuviera efectivamente malo. ¡Están locos estos americanos! Pero frente a la expectativa de un pacto millonario, los técnicos de Hershey’s se pusieron manos a la obra para producir esa mostrador.

Los ingredientes que usaron (azúcar, harina de avena, sebo de riña, crema en polvo y sabores artificiales) no eran los tradicionales, pero lo más mono es que, para producir barras que resistieran adecuadamente la temperatura, necesitaron reinventar todo lo que sabían sobre producir chocolate.

Cada mostrador de cuatro onzas debía ser amasada, pesada y prensada en un molde. Un proceso manual que daba como resultado una densa tableta de chocolate rojizo difícil de deshacer. Eso sí, la mostrador de Logan, como empezó a llamarse, aguantaba sin problema hasta los 50 grados sin derretirse.

Y cumplieron con el encargo a la perfección: la chocolatina era horrorosa

En junio del 37 el ejército norteamericano encargó 90.000 barras de chocolate para probarlas en las bases de Filipinas, Panamá y Texas. Ahí los soldados se dieron cuenta de que la multitud de Hershey’s había sido especialmente escrupulosa con una de las peticiones, con la cuarta.

La mostrador de chocolate de Logan estaba mala. Pero mala, mala: horrorosa. Tan mala que, en muchas ocasiones, los soldados ni siquiera se la comían. Preferían ocurrir penuria que hurtar eso a la boca. Tanto es así que durante la Segunda Guerra Mundial se la conocía como “el arma secreta de Hitler”.

La mostrador Tropical

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En 1943, el clamor era tal que, aprovechando las mejoras que estaban introduciendo en las tabletas de chocolate para protegerlas de las armas químicas, el ejército pidió a Hershey’s que hicieran poco comestible. Eso sí, sin perder resistor al calor.

Las tropas norteamericanas estaban luchando en el sudeste oriental y el chocolate tradicional no servía para esas temperaturas. En la chocolatera se pusieron manos a la obra y diseñaron la “barra tropical”. No surtió sensación.

Hay numerosos testimonios de conflicto que constatan que la multitud huía del chocolate norteamericano como de la peste. Hasta que llegó la disentería. Sobre todo en la India y en Indochina, los soldados norteamericanos empezaron a sufrir unos brotes gigantescos de disentería.

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Esta es una enfermedad inflamatoria del intestino que provoca abundantes diarreas con mocos y matanza en las heces. En aquella época aún no había vacuna (fue descubierta por un gachupin, Juan Planelles Ripoll, un poco a posteriori en la URSS) así que la enfermedad hacía estragos.

Los enfermos no admitían engullir mínimo y en muchos casos eso les acababa provocando la crimen. Bueno, mínimo no. Los médicos estadounidenses descubrieron que había un producto alimenticio que sí podían engullir sin problemas: las tabletas de chocolate.

En esos casos, el chocolate marcó la diferencia y contribuyó, en la medida de sus posibilidades, a ingresar la Guerra en Asia. Tras de eso tuvo que ocurrir otra período hasta que el ejército se decidiera a encargar un chocolate apetecible. Pero eso, claro, es otra (dulce) historia.


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