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17 “doctores locos” que pasaron a la historia del cine

Coinciden en nuestra cartelera unas cuantas películas que hablan de la ciencia en términos excesivos, casi demenciales: la monumental catedral de referencias al fantástico ‘La cura del despertar’, pero además, a su guisa, la producción de terror ‘Crudo’, algunos personajes de ‘Kong: La isla calavera’ y, ya en modo abiertamente paródico, ‘Batman La Lego película’. No es casualidad: cada semana coinciden en cartel (no hablemos ya de películas disponibles en formatos domésticos) un puñado de películas que hacen honor a una de las tradiciones más firmes y vetustas de la ciencia-ficción: el enfoque tronado de la ciencia.

El ser humano siempre le ha tenido, de forma instintiva, miedo al progreso y al pensamiento y ha adjudicado, de forma injusta a veces, poco menos en otras ocasiones, características de excentricidad extrema, costumbres raras y poca capacidad de socialización a los hombres y mujeres de ciencia. Es posible que a veces los motivos fueran justificados: la alquimia, una de las formas más antiguas conocidas por el hombre de pensamiento y teorización para modificar las condiciones de nuestra vida cotidiana y natural, fue a menudo asociada con el misterio, el ocultismo y la brujería.

El teólogo, alquimista y verificado del siglo XVII Johann Conrad Dippel (posible influencia para la creación del doctor Frankenstein), por ejemplo, tenía la teoría que de un grasa que se extraía de la mezcla y fundición de huesos de distintos animales se podía conseguir un elixir que prolongaba la vida. Giovanni Aldini, además posible inspiración para Frankenstein, estaba convencido de que las enfermedades mentales se podían curar con descargas eléctricas, generando una corriente de pensamiento que luego daría pie a la infausta teoría del electroshock.

Ni Newton se salvaba: estudiando las propiedades de la visión humana se agujereó el ojo con una saeta y estaba convencido de que el tragedia bíblico sucederá en el año 2060. Y así centenares de personalidades que difuminaron las fronteras entre ingenio y chifladura, entre experimentación extrema e impulsos suicidas. No es de sorprender que el saburía humano, subespecie científica, acabara calando en la ficción.

Y lo hizo, cómo no, con la humanidades gótica, la modificación terrorífica y tétrica del romanticismo. El humanismo torturado de los románticos del siglo XIX entró en colisión con descubrimientos científicos y una nueva visión de la ciencia que sin duda configuraría el icono del hombre de ciencia como determinado que parecía desafiar todos los conocimientos entre místicos y religiosos que hasta ese momento explicaban el mundo.

Frankenstein

La física, la química, la biología, la medicina, la astrología y muchas otras ramas de la ciencia, sumadas (a veces en excéntrica mezcolanza) a ramas que empezaban a configurarse -como todo lo relativo al estudio de la mente y el comportamiento- ponían en duda el mismo tejido de la ingenuidad: la cirugía comenzaba a interpretarse como una rama de la medicina gracias a las mejoras en las técnicas y en la higiene, se desarrollan las vacunas, apartados de la física como la óptica dan saltos de superhombre, y con la Segunda Revolución Industrial a las puertas, estamos a punto de entrar en la citación “era de los inventos”.

El horror godo vio salir a dos clásicos de la ciencia loca: Frankenstein y el Dr. Jekyll

Y por encima de todo, la profesionalización de la ciencia: universidades y academias tomaron la forma investigadora que conocemos hoy y los científicos aficionados (esa subespecie que tanto ha hecho por la mitología del mad doctor) fueron definitivamente condenados al olvido (“se rieron de mí en la aprobación… ¡pero ahora verán esos estirados!” y demás variantes).

Fue el impacto del horror godo el que vio salir a dos de los grandes mitos de la ciencia tronada: el doctor Frankenstein de Mary Shelley en 1818 y, ya a finales de siglo, el doctor Jeckyll de Robert Louis Stevenson. Uno planteó el desafío humanista definitivo: crear vida de tejido muerto, saltándose a la torera las leyes divinas y pagando caro ese plantarle cara a la divinidad, que para eso es el novedoso Prometeo. El segundo indagó en los abismos de la mente para separar por métodos artificiales el admisiblemente del mal.

En entreambos casos, la ciencia sirve de excusa para epopeyas casi metafísicas: aún estamos allí de los desmanes del siglo XX, donde la ciencia se convierte casi en una excusa en sí misma, una búsqueda de la ciencia por la ciencia.

Clásicos de la ciencia trastornada

El cine se convertiría en consumado tubo de test para hervir con esta fascinación por el costado dudoso de la ciencia que ha ido evolucionando según cambiaba el mismo tópico del doctor alocado. Hemos seleccionado algunos de los mejores de entre los muchísimos que ha hexaedro el cine en sus más de cien abriles de vida: clásicos, desconocidos, demenciales y sutiles. Esto es lo que pasa cuando la ciencia pierde los papeles.

‘El deleznable Dr. Phibes’

El incomparable Vincent Price protagoniza esta comedia negra y art-decó de 1971 en la que un verificado extremadamente creativo aniquila a los cirujanos que dejaron vencer a su mujer con una serie de crímenes inspirados en las Plagas de Egipto (langostas, ranas, abejas, ratas…). Su relación con la ciencia en sí es muy supletorio, pero usa sus conocimientos para reemplazar su propio rostro desfigurado, tiene dejes que conectan con el pasado godo del carácter (concretamente, el Fantasma dela Ópera) y se anticipa nulo menos que a ‘Seven’ con sus crímenes creativos y rocambolescos.

‘El cerebro que no podía vencer’

Una de las obras literarias esenciales para entender el verificado alocado novedoso es ‘El cerebro de Donovan’ de Curt Siodmak, un clásico de 1951 en el que se plantea por primera vez una idea que vivirá numerosas encarnaciones en el carácter: partes de un cuerpo (normalmente el cerebro) que toman posesión de otras personas. Hubo un precedente cinematográfico clásico, la mayúscula ‘Las manos de Orlac’, y luego varias adaptaciones oficiales, como la simpática película protagonizada por Nancy Reagan de 1953, pero las mejores son las libres y no oficiales.

Como ‘Cuerpo malvado’, una chifladura maravillosa y ultragore de los ochenta de transplantes que salen mal y controlan cuerpos a distancia. O esta ‘El cerebro que no podía vencer’, un icónico clásico de serie B que se iba a titular originariamente ‘Yo fui un neurocirujano adolescente’. En ella, un mad doctor mantiene con vida la habitante de su novia, no-fallecida en un suerte: pese a sus ruegos, no la quiere dejar vencer, así que la desgraciada tendrá que elaborar un plan para que determinado la aniquile.

‘La mosca’

A lo generoso de toda su carrera, el canadiense David Cronenberg ha ido generando algunos de los científicos locos más memorables del cine novedoso. Ya en sus primeras películas, los mediometrajes semiexperimentales rodados en Canadá ‘Stereo’ y ‘Crimes of the Future’, deje de un par de organizaciones científicas que suman, entre telepatía loca y desmanes dermatológicos, un buen catálogo de mad doctors. Ya con los largometrajes nos brindaría unos cuantos científicos locos, casi siempre obsesionados con el sexo chungo y los límites de lo físico, límites que darían pie a una corriente artística, la Nueva Carne, que parece concebida por una mezcla de descendiente de Frankenstein y un tallista de vanguardia obsesionado con la cirugía plástica extrema.

Los ‘mad doctors’ han formado parte del cine de David Cronenberg desde el principio de su carrera

En ‘Vinieron de en el interior de…’ el mad doctor crea unas babosas venéreas que aniquilan un edificio; en ‘Rabia’, un implante de piel con forma fálica convierte en una bestia sedienta de matanza a una escueto chica recién salida de un suerte; en ‘Cromosoma 3’ unos experimentos tienen como fruto la plasmación en forma de niños adiabolados de los traumas de pareja de una mujer; y en su obra maestra ‘Videodrome’, el doctor O’Blivion vive en cientos de cintas de VHS y es el profeta de una nueva existencia en el plano catódico.

Pero sin duda, el verificado alocado más paradigmático y representativo del cine de Cronenberg es el Seth Brundle de ‘La mosca’, interpretado por un Jeff Goldblum entre inquietante y amable que crea una cámara de teletransportación que fusiona por error su cuerpo con el de una mosca, y le transforma en una mutación indescriptible que va perdiendo todo cualidad de humanidad. Basándose en una película mucho más inocente de 1958, a su vez inspirada en un relato de George Langelaan, Cronenberg lleva la historia mucho más allá, planteando una estupendo encarnación sobre la vejez, la enfermedad y la humanidad como variantes de enfermedades degenerativas. Y todo ello con los artículos especiales y de maquillaje más repulsivos y sofisticados del momento.

‘Doble homicidio en la calle Morgue’

Cuando pensamos en los clásicos de horror godo de la Universal, nos vienen a la habitante las elegantes películas de James Whale y la afectada encarnado de Bela Lugosi como Drácula. Pero hubo muchas más, algunas tan destacables como este delirio remotamente inspirado en el relación de Edgar Allan Poe sobre unos crímenes en París y en la que de nuevo Lugosi daría vida al chifladísimo doctor Mirakle, que quiere crear a una raza de superseres apareando a una mujer con un simio llamado Eric.

La película está dirigida por un Robert Florey que acababa de perder la oportunidad de dirigir ‘Frankenstein’ y que empapa la puesta en secuencia de trazas semiexperimentales y claroscuros expresionistas, sobre todo en lo relativo a la oscuridad parisina, el laboratorio de Mirakle y una serie de aterradoras secuencias oníricas. El doctor alocado se beneficia de la desquiciada interpretación de un Lugosi mucho más fino que en Drácula, y el tema sigue siendo hoy tan perturbador como en su día.

‘Dr. Jekyll y su hermana Hyde’

La productora británica Hammer se dedicó en los sesenta y setenta a dinamitar el clasicismo de los monstruos de la Universal. Convirtió a Dracula en un depredador sexual alejado de la rancia aristocracia de Bela Lugosi, y a Frankenstein en un sociópata egomaniaco y sin escrúpulos que haría desmayar a los previos de Mary Shelley y la Universal. Nos detenemos en otro verificado desnortado de la casa con esta maravillosa comedia negra de la Hammer tardía, dirigida por un finísimo Roy Ward Baker y en el que se plantea, con la habitual iconoclastia hipererótica de la productora, una reformulación de la novelística innovador de Robert Louis Stevenson en el que el Dr. Jekyll se transforma… en una mujer.

Hay, de hecho, otra película de la Hammer sobre el buen doctor, ‘Las dos caras del Dr. Jekyll’, que es una auténtica maravilla, un siniestro estudio sobre el origen del mal y en el que en el colmo de la perversidad, Mr. Hyde es muy atractivo. La Hammer de los setenta estaba para menos sutilidades y propuso en ‘Dr. Jekyll y su Hermana Hyde’ una persuasivo comedia negra bañada en una morbosa bisexualidad que sugiere que la dualidad que cohabita en el interior de todos no es la del admisiblemente y el mal, sino la de lo masculino y lo afeminado.

Todo ello adornado con insignes invitados de la época victoriana (los resucitadores Burke y Hare, el mismísimo Jack el Destripador) y con el insólito parecido entre los intérpretes de Jekyll y Hyde, Ralph Bates y Martine Beswick, ambiguos, lúbricos y auténtico motor de esta morbosa pesadilla.

‘El hombre con rayos X en los fanales’

El profesor Xavier (no confundir con el popular megatelépata) da con un invento que puede cambiar el futuro devenir de la especie humana. Experimenta consigo mismo, y el resultado es una visión de rayos X que al principio se muestra útil e incluso divertida (puede diagnosticar enfermedades y ver a la masa desnuda), luego inquietante (contempla esqueletos andantes), incómoda (no puede adormecerse porque los párpados no le proporcionan suficiente protección en los fanales) y finalmente metafísica (en un tramo final con mucho en global con la conclusión de ‘El increíble hombre menguante’, Xavier comienza a ver más y más, hasta contemplar los límites del cosmos y de la propia naturaleza humana).

Extremadamente económica, sencilla y directa, esta película del avezado de la serie B Roger Corman es recordada, anejo a los ‘Frankestein’, como el dechado del verificado que desafía a Dios en su ansia de conocimiento y es castigado por su arrogancia con una interpretación extrema de su revolucionario invento.

‘El hombre sin sombra’

El hombre invisible no ha sido especialmente admisiblemente tratado en sus trasvases a la gran pantalla, pese a que la película de James Whale para Universal sigue estando considerada como un clásico. Estamos frente a otro prototipo de comportamiento netamente mad doctor, y uno de los más fascinantes: el verificado que empieza su trabajo y sus descubrimientos con buenas intenciones, incluso a veces con intenciones encomiables y en búsqueda del admisiblemente global, y cuando tiene éxito se vienen hacia lo alto y caen las máscaras; tras el buen doctor se ocultaba un egomaniaco que solo quiere conquistar el mundo. El hombre invisible es uno de los casos paradigmáticos en ese sentido, y pocos supieron entenderlo con tanta crueldad y mala caseína como Paul Verhoeven en ‘El hombre sin sombra’.

Pese a no contarse de los grandes clásicos del director de ‘Robocop’ (sus desencuentros con la productora son los que le llevaron a apartarse de Hollywood), la crueldad, el humor adverso y, sobre todo, la chifladísima interpretación de Kevin Bacon como el verificado que descubre un suero de invisibilidad y el poder en sus manos (invisibles) le hace perder el razón, dan pie a una película muy ácida y malvada.

Para emprender por los extraordinarios artículos de invisibilidad, mostrados de forma orgánica, con la piel, matanza, vísceras y huesos desapareciendo progresivamente. Pero sobre todo porque el protagonista acaba revelándose como un psicópata, pero ayer ha hecho lo que haríamos cualquiera de nosotros con un poder así: espiar a los vecinos y enterarnos de lo que dicen nuestros colegas del curro a nuestras espaldas.

‘La isla de las almas perdidas’

Uno de los primeros científicos locos abiertamente aterradores y diabólicos: el dr. Moreau de ‘La isla de las almas perdidas’, interpretado con ambigua suavidad de reptil por Charles Laughton, es aún hoy uno de los personajes más inquietantes de la ciencia-ficción. Entre otras cosas, por los paralelismos con las futuras teorías nazis sobre la disección y otras perrerías, lo que le convirtió en un precoz de la cara más oscura de la maldad humana.

‘La isla de las almas perdidas’ se fundamento, no obstante, en una visionaria novelística de Herbert George Wells en la que un naufrago llega a una isla donde un misterioso verificado experimenta con la creación de una raza mixta de humanos y animales, que se acaban organizando en una tribu con sus propias reglas. Profundamente simbólica y aterradoramente acertada en los dislates que la ciencia auténtico nos tenía guardados, ‘La isla de las almas perdidas’ (pese a que no le gustaba a Wells, que siempre la vio como una perversión hollywoodiense de su sofisticada parábola social) es un auténtico clásico de la ciencia tronada.

La novelística viviría, por cierto, un par de nuevas adaptaciones: una setentera protagonizada por Burt Lancaster; y un dislate en 1996 con Marlon Brando en el papel de Moreau y acerca de la que te recomendamos que veas el documental ‘Lost Soul – The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Dr. Moreau’: te garantizamos que lo más alocado de aquel rodaje no son los experimentos en la isla.

‘Metrópolis’

Rotwang, el creador de uno de los primeros y más representativos robots de la pantalla, pertenece a una linaje primitiva de científicos, aún heredera del siniestreo godo, en el que nigromancia, ciencia enigmática y avances de supercerebros eran todo uno. Uno de los ejemplos más claros está no ya en este proto-doctor, sino en la primera amoldamiento al cine de ‘Frankenstein’, aún muda, producida nulo menos que por el mismísimo Thomas Edison, donde la horrenda criatura fruto de los experimentos surge de un enorme caldero repleto de productos alquímicos.

En ‘Metrópolis’ hay una parafernalia poco más científica, con rayos eléctricos, domos de energía y aparatos que hacen “ping”, pero la creación de Maria como un autómata con apariencia humana tiene poco de brujería inexplicada. Un paso intermedio entre el hombre de ciencia y el alquimista para que lo encierren que quedaría definitivamente desterrado con el futuro doctor ‘Frankenstein’ de James Whale, donde la ciencia trastornada pasa definitivamente al primer plano.

‘La novia de Frankenstein’

El monstruo de Frankenstein ha vivido decenas de encarnaciones casi desde los principios del cinematógrafo. Es un mito tan versátil (tanto el doctor como el monstruo) que parece inagotable: hay parodias -‘El jovencito Frankenstein’- tan valiosas como las de horror puro, las hay más enfocadas al humanismo, y las hay que funcionan como parábola de la maldad humana (esencialmente, todas las de la Hammer). El monstruo ha pasado por múltiples formas y mutaciones. Pero si tuviéramos que quedarnos con una interpretación clásica del mito, sería con ‘La novia de Frankenstein’.

El doctor Pretorius se sumó a los locos experimentos de Frankenstein en ‘La novia de Frankenstein’

La luz verde se dio rápidamente en Universal a una secuela de ‘Frankenstein’ (250.000 dólares de presupuesto, 25 millones de cobro) contando con el director de la innovador, James Whale, que solo aceptó cuando se le dio carta blanca para proyectar una secuela que en principio se llamaría ‘The Return of Frankenstein’. Pero Whale fue mucho más allá: creó un nuevo* mad doctor*, Pretorius (que juega con pequeños homúnculos-marioneta en sus ratos libres), que tiene en mente un plan para crear una raza de superseres: Adán y Eva serían la criatura de Frankenstein y una novia, creada de cero, de fascinante y monstruosa belleza, y que aúlla horrorizada cuando contempla a su prometido. Extremadamente romántica y paródica a la vez, ‘La novia de Frankenstein’ superó todos los mayúsculos logros técnicos de su predecesora y pese a su fatal mensaje tradicionalista de “No debemos jugar a ser Dios”, su mitología permanece viva y fascinante hoy tanto como en 1935.

‘Planeta prohibido’

Los abriles cincuenta estuvieron llenos de científicos locos: la ciencia-ficción se reorientó al recién nacido conocido lozano (recién nacido con poder adquisitivo, se entiende) y se empapó de fantasías galácticas que brotaban sin cesar en la humanidades ocasión de entonces. El resultado fueron cientos de películas sobre platillos volantes y extraterrestres ridículos que chocaban con científicos proclives a enunciar las teorías más insensatas.

Enmedio de todas esas producciones de serie B brilló una producción poco más vistosa de la Metro, ‘Planeta prohibido’ que nos presentó al Dr. Morbius, superviviente de una expedición perdida en un planeta inhóspito con la única compañía de su hija y su autómata, el mítico Robbie. Por si la creación de Robbie no fuera suficiente para constatar que Morbius (interpretado por Walter Pidgeon) es un mad doctor de tomo y cruz, éste descubre los restos de una civilización perdida donde hay una máquina que potencia el mente y genera una fuerza destructora, que acaba revelándose como el subconsciente de Morbius.

Una auténtica peripecia de psiquiatría-ficción que brilla aún hoy por su fenomenal apartado técnico (del increíble vestuario a la espectacular fotografía en color) pero, sobre todo, por presentar como auténtico plebeyo de la película a los deseos inconfesables de un verificado. Una fantástica aventura, ingenua y pasadísima de moda (nuestra cita favorita: “Todos tenemos poco de monstruo en nuestro interior, para eso tenemos leyes y religión”) que sigue siendo, sin incautación, un espectáculo de presunción inagotable.

‘El profesor chiflado’

Hemos mencionado ‘El jovencito Frankenstein’ como prueba indiscutible de que el mad doctor además puede destilar oro cómico, y aquí hay otra prueba: la interpretación de Jerry Lewis del mito de Dr. Jekyll, tan proclive a proporcionar el antiguo chiste de los opuestos que tropiezan. Bueno-malo, hombre-mujer o, en este caso, feo-guapo.

Mucho más jocoso si tenemos en cuenta, encima, que Buddy Love, el atrayente duermemozas en el que se convierte el feo, feo profesor Klump era una sangrante parodia de la pareja artística durante muchos abriles de Lewis, Dean Martin. Puñaladas traperas párrafo, ‘El profesor chiflado’ (y su remake protagonizado por Eddie Murphy, además asaz jocoso) es una amable comedia sobre la importancia de la belleza interior, una parábola de humor estúpido y abierto que se permite, sin incautación, una amarga puntilla en su plano final: la pareja adecuado conserva una muestra de la fórmula para las noches de pasión, porque el petimetre puede ser un imbécil, pero oye, si funciona…

‘Re-Animator’

Herbert West tiene una habitante brillante sobre los hombros… y otra encima de la mesa. Ese es el talante de esta comedia chanza e hiper-gruesa que toma como punto de partida la aspiración más vieja de los científicos locos (crear vida a partir de la nulo) para, con la excusa de adaptar a Lovecraft (en una amoldamiento que seguro que habría horrorizado a Lovecraft), demoler el cine de terror de los ochenta a cojín de ultraviolencia y chistes demenciales.

Con un presupuesto ínfimo -que la emparenta en un hipotético software doble con otro post-Frankenstein tronado, la demencial ‘Frankenputa’-, ‘Re-Animator’ pone todo el peso de su atractivo encanto en unas interpretaciones inigualables y desquiciadas, encabezadas (perdón) por los dos científicos locos de la historia: el brillante y psicópata Herbert West, reanimador; y el celoso y lúbrico Dr. Hill, que pasa media película transportando su propia habitante de un sitio a otro.

Añadamos al cocktail una cuadrilla sonora que plagia (muy consciente y orgullosa) la de ‘Psicosis’, un equipo técnico de debutantes y un montón de masa que no sabía pisar el freno y el resultado es la mejor comedia de horror de los ochenta, y uno de nuestros científicos dementes favoritos.

‘Regreso al futuro’

No todo van a ser horrendos hombres de ciencia con ansias de conquistar el mundo o copular a humanos con gorilas y a ver qué sale. También hay científicos, como Doc Brown, entrañables y a quienes todos querríamos como amigos. No solo inventa las cosas más alucinantes del mundo (¿un deportivo que es a la vez una máquina del tiempo?; vale que ya nos hemos acostumbrado a la idea, pero es que no se puede molar más), sino que nos permite ser conejillos de indias de sus experimentos. Es cierto que cuando todo se tuerce (como siempre pasa con Doc), eres tú el que tiene que encargarse de que tus padres vuelvan a enamorarse, pero mientras tanto tienes la mejor trilogía de blockbusters de todos los tiempos.

‘Teléfono rojo, ¿volamos en torno a Moscú?’

El formidable Peter Sellers dio vida a otro verificado alocado de chufla, el Dr. Strangelove, que acabó convirtiéndose en una de sus creaciones más memorables y disparatadas. En esta sátira antibélica de Stanley Kubrick, Sellers interpreta a un verificado germano de pasado dudoso y que ahora trabaja para los Estados Unidos, y se inspiró en una serie de personajes reales implicados en el crecimiento de los primeros experimentos atómicos: Herman Kahn, John Von Neumann y otros.

Su idea de una sociedad post-apocalíptica en la que haya un ratio de diez mujeres por cada hombre recuerdan a las parábolas viviseccionistas de ficción de otros hombres de ciencia como el Dr. Mirakle o el Dr. Moreau, pero la afección que hace que su auxilio se dispare con el saludo carca o su tendencia a avisar al presidente de los Estados Unidos “Mein führer” recuerda a otros científicos igual de locos pero mucho más reales, como el pavoroso Josef Mengele, que ya daría pie a su propia película de mad doctors, la popularísima ‘Los niños del Brasil’.

‘La piel que habito’

Quien se sorprenda de encontrar aquí con una película de Almodóvar haría admisiblemente en revisarse la filmografía del manchego: algunas de sus películas, como ‘Matador’, ‘Átame’ o ‘Kika’ siempre han exhudado cierto efluvio quimérico, pero ninguna como ‘La piel que habito’, que homenajea a los mad doctors de raíz española (especialmente los sinuosos científicos de Jesús Franco, en películas como ‘Gritos en la oscuridad’ o ‘Miss Muerte’) pero sobre todo, a ‘Ojos sin rostro’, la obra maestra de Georges Franju, de la que ‘La piel que habito’ es un perverso remake inconfeso.

‘La piel que habito’ reformula ‘fanales sin rostro’, desquiciándola aún más.

En la película de Franju, tan sangrienta, morbosa y violenta como onírica y poética, un doctor perito en transplantes de piel intenta encontrar un rostro para su hija desfigurada en un suerte de tráfico. Una pesadilla bellísima que ha tenido múltiples versiones en esencia de serie Z ultragore, pero ninguna como ‘La piel que habito’, que va más allá a todos los niveles.

Tenemos de nuevo mazmorras, un doctor (Antonio Banderas en el mejor papel de su masculinidad) tan diestro con el bisturí como cu-cú en la cabeza, un sentimiento de falta canalizado de la peor forma posible y un montón de operaciones que aquí no detallaremos por no entrar en spoilers, pero que dejan a la obra maestra de Franju convertido en una simple partida tonta de Operación. Estéticamente arrebatadora, ‘La piel que habito’ es la película más barroca y excesiva de su director… lo que ya es sostener asaz.

‘The Human Centipede’

Como todo Internet sabe, un ciempiés humano está conformado por una serie de personas conectadas por boca y ano de forma que lo que ingiera el primero acabará siendo digerido y excretado por toda la fila hasta venir al postrer módulo del ciempiés.

Casi un meme de 4chan en forma de película, ‘The Human Centipede’ es más divertida de contar que de ver, pero está claro que su protagonista, el Dr. Heiter, cuyos planes no están muy claros más allá de convertir al ciempiés humano en una especie de perrete sobredimensionado, ha pasado a la historia como uno de los científicos locos más desnortados de los últimos tiempos, y no es de sorprender: el director de la película, Tom Six, afirma haberse inspirado en los desmanes de Josef Mengele durante la II Guerra Mundial.

Mucho más interesante es la segunda entrega de la serie, donde un fan de la primera película, cautivado por las ideas de Heiter, decide hacer su propio ciempiés humano, pasando de 3 a 12 personas conectadas anoboquísticamente. Más sucia y extrema, y ayer de encaminar la clan en torno a una tercera y última entrega poco más convencional, Tom Six se las arregla para propalar un mensaje caricaturesco pero perturbador y que resume los cien abriles de ciencia loca en el cine que hemos estado repasando: las neurosis de un mad doctor son absolutamente contagiosas.


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